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LA CIUDAD DE LOS PRODIGIOS

Eduardo Mendoza

Anagrama

Año 1994

 

Texto: Marcos Ripalda

 

Prodigio: «Suceso extraño que excede los límites regulares de la Naturaleza». Ésta es la primera acepción que se le otorga en el diccionario de la RAE. De acuerdo: siempre que alguien sea testigo de ello. Y la ciudad de Barcelona, que tan maravillosamente recrea Mendoza, aparece rebosante de prodigios porque alguien la observa: Onofre Bouvila, el niño que se va convirtiendo en hombre y acaba conquistando el mundo de los negocios y, de paso, qué duda cabe, los demás. Estamos en la sala de proyecciones de un cine antiguo, donde la gente fuma y trae la comida en una tartera y los jovencitos se dan el lote y no tan lejos alguien mira de reojo a su vecina. Sí, la prosa de Mendoza es marcadamente visual sin dejar de construir espacios que sólo la palabra puede engendrar. Estamos ante una Barcelona mágica, una Barcelona peligrosa, una Barcelona que es una mierda, si se quiere.

 

La ciudad de los prodigios es una novela de identidades y de especulación de la memoria. Punto de partida: la Exposición Universal de 1888 en la ciudad de Barcelona. La ficción y la realidad que conocieron nuestros abuelos, y de la que tenemos constancia nosotros (por fotografías en blanco y negro o sepia o coloreadas, documentales siesteros, abuelito dime tú, etc.), se amoldan mediante una desdibujada arquitectura histórica en la que el contexto condiciona, no se entendería, por supuesto, de otra forma, a las gentes que viven en la urbe. Los personajes que va generando Mendoza conforman una novela semicoral de acabado impecable. En ningún momento flaquea una narración en la que se entrelazan situaciones-coincidencias que forman parte de un intrincado mecanismo de telarañas, hábilmente dispuestas por el autor, y que ponen en contacto a gentes de muy diversa y hasta dudosa procedencia.

 

Al igual que en la magnifica novelita Washinton Square, de Henry James, no hay buenos ni malos: sólo personas que se cruzan con peor o mejor fortuna. Elige el bando. Si puedes. Porque el más rápido siempre llega primero, obvio, pero, ¿qué hacer cuando se ha llegado? ¿Es realmente aquí dónde queríamos estar? Y si continuamente estamos llegando, ¿dónde vamos? Con calma. Que esta novela, por cierto, se lee de un tirón, siempre que puedas faltar al trabajo o escaquearte del instituto o ponerte malo con el aire acondicionado, que de las tres opciones es la más sencilla, y quedarte en casa, con o sin mimos.

 

 

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