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Texto:
Marcos
Ripalda
Prodigio: «Suceso extraño que excede los límites regulares de la
Naturaleza». Ésta es la primera acepción que se le otorga en el
diccionario de la RAE. De acuerdo: siempre que alguien sea testigo
de ello. Y la ciudad de Barcelona, que tan maravillosamente recrea
Mendoza, aparece rebosante de prodigios porque alguien la observa:
Onofre Bouvila, el niño que se va convirtiendo en hombre y acaba
conquistando el mundo de los negocios y, de paso, qué duda cabe, los
demás. Estamos en la sala de proyecciones de un cine antiguo, donde
la gente fuma y trae la comida en una tartera y los jovencitos se
dan el lote y no tan lejos alguien mira de reojo a su vecina. Sí, la
prosa de Mendoza es marcadamente visual sin dejar de construir
espacios que sólo la palabra puede engendrar. Estamos ante una
Barcelona mágica, una Barcelona peligrosa, una Barcelona que es una
mierda, si se quiere.
La
ciudad de los prodigios
es una novela de identidades y de especulación de la memoria. Punto
de partida: la Exposición Universal de 1888 en la ciudad de
Barcelona. La ficción y la realidad que conocieron nuestros abuelos,
y de la que tenemos constancia nosotros (por fotografías en blanco y
negro o sepia o coloreadas, documentales siesteros, abuelito
dime tú, etc.), se amoldan mediante una desdibujada arquitectura
histórica en la que el contexto condiciona, no se entendería, por
supuesto, de otra forma, a las gentes que viven en la urbe. Los
personajes que va generando Mendoza conforman una novela semicoral
de acabado impecable. En ningún momento flaquea una narración en la
que se entrelazan situaciones-coincidencias que forman parte de un
intrincado mecanismo de telarañas, hábilmente dispuestas por el
autor, y que ponen en contacto a gentes de muy diversa y hasta
dudosa procedencia.
Al igual que en la magnifica novelita Washinton Square,
de Henry James, no hay buenos ni malos: sólo personas que se
cruzan con peor o mejor fortuna. Elige el bando. Si puedes. Porque
el más rápido siempre llega primero, obvio, pero, ¿qué hacer cuando
se ha llegado? ¿Es realmente aquí dónde queríamos estar? Y si
continuamente estamos llegando, ¿dónde vamos? Con calma. Que esta
novela, por cierto, se lee de un tirón, siempre que puedas faltar al
trabajo o escaquearte del instituto o ponerte malo con el aire
acondicionado, que de las tres opciones es la más sencilla, y
quedarte en casa, con o sin mimos.
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