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Texto: Ángel
Muñoz
Hablar de Yukio Mishima, sobrenombre de Hirakoa Kimitake, no sólo es
hacerlo de uno de los más importantes y reconocidos dramaturgos y
novelistas japoneses, discípulo de Kawabata y miembro destacado de
la generación de entreguerras junto con Kobo Abe, sino es hacerlo
del mismo Japón surgido de la Segunda Guerra Mundial. Pocas personas
reflejan, no ya en su obra, sino en su propia experiencia vital, la
situación de un país, como Mishima en su corta e intensa vida hasta
su trágico final.
Niño enfermizo, hijo de un alto funcionario descendiente de estirpe
samurai, padre distante y omniscente, fue criado por una abuela
enferma y neurótica, con accesos de cólera que no le dejaba juntarse
con más niños ni salir al sol. Homosexual reprimido, poseedor de una
cultura refinada derivada de sus interminables lecturas de infancia
y juventud, amante y profundo conocedor del kabuki. Fundó un
grupo de defensa de los valores tradicionales, de la figura cuasi
divina del Emperador, Tatenokai –
la Sociedad
del Escudo – que capitaneaba con un magnetismo irresistible sobre
sus integrantes. Para él supuso una gran humillación haber sido
excluido del ejército por tuberculosis y no poder servir a su
emperador, después de haber moldeado su cuerpo débil con horas de
ejercicio, y forjado su mente en los valores más primigenios del
Japón feudal revelándose de manera furibunda en sus escritos y actos
públicos contra una sociedad que consideraba enferma y corrupta.
Todo ello termina en el “incidente”, un trágico final, en el que
queda patente de manera dramática la lucha quijotesca contra el
avance de esa sociedad. La mañana del 25 de noviembre de 1970,
Mishima y sus discípulos penetraron en un cuartel del ejército
imperial, reteniendo al coronel y leyendo ante las burlas y abucheos
de la tropa un manifiesto instándoles a levantarse y devolver al
Emperador el esplendor perdido. Posteriormente cometió seppuku,
el suicidio ritual de los samurais que incluía la decapitación por
parte del último superviviente a los demás suicidas.
En
esta trayectoria vital se refleja toda la convulsa y desorientada
situación de un Japón humillado tras la Segunda Guerra Mundial, en
la que su sociedad acomodada en una confianza ciega en el poder
divino de su Emperador, defensora de sus valores tradicionales y
creyente en su invencible poder militar, se topó con la realidad de
un país roto, masacrado, humillado y ocupado. La ocupación trajo la
occidentalización que abrazó gran parte de la sociedad, y ante la
que se rebeló otra gran parte, una brecha profunda entre la
humillante modernidad y la inútil defensa de unos valores
trasnochados.
Todo esto se refleja en la ingente obra de Mishima. Su primera
novela, Ladrones (1946) le situó ya a la cabeza de la
emergente generación de entreguerras, y su consagración mundial, le
llegó con sólo 24 años, con Confesiones de una máscara, la
vida de un homosexual reprimido, que tuvo una fulminante aceptación
en un Japón en el que, incluso hoy en día, la sexualidad es uno de
los aspectos de la existencia sujeto a las mayores cortapisas y
tabúes. Nominado en varias ocasiones al premio Nobel, otras grandes
obras suyas son El marino que perdió la gracia del mar, y
El pabellón de oro.
No
sólo fue gran dramaturgo de kabuki y novelista, sino que
escribió cientos de cuentos. Algunos de los más importantes los
recoge este delicioso volumen de Siruela. En solo diez cuentos
breves repasa de manera acertada casi toda la temática presente en
la obra de Mishima.
En
el primero de ellos, Muerte en el Estío, desgrana las
máscaras, los tabúes, la represiones extremas de los sentimientos
que impone la sociedad nipona ante una tragedia de tal calado como
la muerte de dos niños de una misma familia.
Patriotismo,
es una premonición de su propia muerte, narra la muerte ritual de un
oficial y su esposa ante la disyuntiva de la lealtad hacia su país,
en el que ya no cree, y hacia un grupo de amigos golpistas
defensores de los valores propios de nuestro autor.
El
termo,
encarna la autoridad paterna omnipresente e indiscutible. Y por
supuesto hay cabida a la homosexualidad reprimida y latente, a los
amores platónicos y triángulos imposibles que se dan entre las
bambalinas del kabuki que tan bien conoce. Se trata de
Onnagata.
Y
como final, el delicioso relato Senbei de un millón de yenes,
sorprendente cuento en el que se desarrolla la velada de un
matrimonio humilde y enamorado que se dedica a la prostitución.
En definitiva, un inmejorable primer paso para acercarse a la genial
obra de uno de los mejores escritores nipones de todos los tiempos.
Diez cuentos maravillosamente escogidos donde se recoge toda la
temática del turbulento retratista de una sociedad convulsa y
desconocida.
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