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Texto:
Marcos
Ripalda
Los diez relatos
que componen La última noche tienen ejes comunes: la súbita
revelación de un secreto (una infidelidad, por ejemplo) y/o la
dolorosa aceptación de una pérdida. Salter hurga en los resortes de
la familia norteamericana de clase media-alta para enfrentarnos con
nuestros propios miedos: envejecimiento, pérdida de deseo, cercanía
de la muerte y, sobre todo, las comodidades (y desventajas) de una
vida convencional en detrimento de experimentar una verdadera pasión
ante la vida, tema que tan magistralmente ha subrayado Cheever en
sus cuentos, por cierto.
La última noche lo componen piezas cortas, intensas, cargadas de emoción sin recurrir
a piruetas estilísticas. Se trata, como el propio autor explica, de
“contar la historia con las palabras justas y sin turbulencias”. Un
inmejorable ejemplo lo hallamos en el relato “Platino”, donde las
apariencias no engañan y cada personaje carga con sus inseguridades
y esperanzas, pese a quien pese. Salter sitúa a sus personajes en un
momento abismal o de cambio profundo en sus vidas, donde todo parece
venirse abajo cuando parecía que todo estaba en orden. Es decir: el
autor no improvisa, tiene la historia bien atada antes de ponerse a
ello. A este respecto, Salter reconoce en algunas entrevistas que no
es un escritor que se diga “a merced de sus personajes”. Tiene claro
lo que les sucede y por qué les sucede, así que no hay sorpresas
para él. Por tanto, el lector asiste a un descubrimiento sin ruido,
pero descubrimiento al fin y al cabo. Vamos, que no hay cáliz de
fuego ni anillo mágico que valga. Bajo el sustrato de lo visible, lo
que se dice, está el verdadero conflicto al que hacer frente. Que
les coja confesados.
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