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Texto:
Marcos
Ripalda
A la espera de que mi librero actual encuentre material de este
señor, cosa que preveo difícil cuando lo que mayoritariamente se
vende/compra es aquello que, con forma de libro y apilado en grandes
montones visibles a la entrada de El Corte Inglés, lleve
aparejado la imagen de cochinito satisfecho, en cuatricromía y
montada en cartón pluma, del autoexiliado internacional de apellido
Zafón (y no me mueve la envidia ni el resentimiento, sólo un
parecido razonable), que muerde la mano que le da de comer cada vez
que abre la boca, o la nueva novela premiada, cómo no, de la tediosa
Almudena Grandes o, por qué no, de cualquier autoplagio de ilustres
y enchufados que narran en cientos de páginas y en detrimento del
exiguo número de árboles por habitante, historias rocambolescas de
vacunas peligrosas, ritos en desuso, magos adolescentes o sectas
milenarias, me encomiendo a la tarea de iluminarles con una velita
sin estampita el camino hacia esta irónica, ácida y divertida
novela, que no desfallece, que tiene una resolución a la altura de
su desarrollo, que se disfruta desde la primera página, que es una
delicia, en fin, muy recomendable.
Madre noche.
El título es una llamada, una invocación a esa oscuridad que sume en
determinados períodos de la Historia del Hombre al planeta Tierra y
los que vengan por colonizar. Y también: la noche como una madre a
la que volver. Un lugar donde estuvimos seguros, imposible eterno
retorno. Porque el mundo no es un lugar seguro y por la noche,
además de que todos los gatos son pardos, los crímenes cometidos
serán borrados, olvidados, falseados. Lo que no se ve no sucede. Y
entonces creemos. Nos encomendamos a ti, Señor. O al oficial Howard
Campbell, que radiaba incendiarias proclamas en favor del fascismo y
en contra de la participación de los americanos en la guerra
amparándose en el organizado, pulcro e intachable departamento de
propaganda Nazi en la época del III Reich. Que nadie se engañe: esto
es ficción.
Y el futuro, por supuesto, no pinta mejor. Nadie está a salvo. Si
no, que se lo digan a quienes tiran piedras a los carros blindados.
Sólo les hace falta organización. Un tipo listo. Un líder. Día a día
cerca del pueblo. Pero sin el pueblo. Las circunstancias hacen al
hombre. Una verdad inapelable. Ojo: en la monstruosidad hay,
necesariamente, camaradería. El ser humano tiende a la compañía y le
gusta comulgar, o mejor, que comulguen con sus ideas y su forma de
entender, ver, planificar el mundo y la vida de los demás. Porque no
hay nada más arriesgado que intentar tomar las riendas de nuestra
propia vida, esto es, vivir nuestra vida y no la de los
demás. Ay, qué buenos dictadores seríamos todos. Quién no ha dicho:
"Pues yo, mejor, haría esto o aquello". O: “Quita, quita que me
pongo yo” (pero cuando lluevan hostias, hago ¡chas! y no aparezco a
tu lado). Cierto: toda barbarie puede ser justificada. Quien
expolió, violó, quemó, asesinó, despedazó y cultivó rencores,
esquinazos y malentendidos corre el riesgo de que otros quieran (por
venganza, porque sí, por qué no, el miedo al otro, niño malo)
hacerle cosas similares o casi siempre peores. Quien sea puro,
casto; quien pueda presumir de un expediente inmaculado; quien
presuma de tenerla más larga, figuradamente o no, que tire el primer
pedrusco, salivazo o injuria.
La narrativa de Vonnegut no admite dobleces, es cristalina. Y este
párrafo es revelador: “Si hubiese nacido en Alemania, supongo que
habría sido nazi, habría liquidado a judíos y gitanos y polacos,
habría dejado botas sobresaliendo de montículos de nieve y me habría
reconfortado con mis propias entrañas, secretamente virtuosas. Así
suele suceder”. Es honesto porque dice lo que otros sólo piensan. No
todos podemos ser héroes, salvadores de la patria, defensores de las
virtudes y valores morales. No todos somos Schindler, y menos
Spielberg.
El ser humano es mezquino, cobarde, ridículo. Todo eso, y mucho más.
Puede albergar buenas intenciones también. En cualquier caso, es una
raza que se extinguirá como lo hicieron los dinosaurios o los
marcianos que nos habitaron hace trillones de años. Y los hijos de
los hijos de los millones de generaciones que nos seguirán
perpetuando, lo verán. Aunque si se aprieta un poco aquí y otro poco
allá, no llegamos al telediario de la sobremesa. Así que no sean
idiotas. Hagan algo. Empiecen por su círculo de amigos. Una cadena
de favores. Como en la película. Ya no más ojo por ojo, sino favor
por favor. O porque sí, que a veces cuesta lo mismo. O sí que
cuesta, pero no te quejas.
Lo dice el actor Alan Alda, creo, en una película de Woody Allen:
comedia es igual a tragedia más tiempo. Reflexionen un momento.
Tiempo. ¿No se ven las cosas de forma distinta, desde otra óptica,
con el paso del tiempo? Dicen que el tiempo lo cura todo. Una
generalización, claro, y, por tanto, siempre habrá excepciones, una
por cada caso, pero es esencialmente así. Cuando te dejan y no
quieres que te dejen, lloras, pataleas, lo pasas mal unos días, unos
meses, incluso años, toda una vida, te obsesionas, empiezas a salir,
asomas el hocico, el mundo es feo, sí, pero esa florecilla te alegra
la mañana, te relajas, te metes en el gimnasio a dar bofetadas a un
saco, le miras la tira del tanga que se adivina bajo las mallas
ajustadas, te dices que no se está tan mal solo, ves la tele un rato
y te convences de algo, te estás engañando, te da igual, respiras,
piensas en el tanga. Pues lo mismo con todo.
Vonnegut se alistó como soldado raso en el ejército estadounidense
durante la Segunda Guerra Mundial. Fue capturado por los alemanes y
las paso moradas. Tuvo que trabajar para ganarse el sustento, cosa
habitual en las civilizaciones desarrolladas, en un matadero situado
a las afueras de la ciudad de Dresde. El 13 de febrero de 1945,
Dresde fue bombardeada y 120.000 personas murieron carbonizadas.
Vonnegut sobrevivió y escribió su novela más célebre, Matadero 5,
a medio camino entre la tragedia y la comedia absurda. Falleció el
11 de abril de 2007 en la ciudad de Nueva York. Me enteré mientras
recopilaba información para esta reseña. No se puede estar en todo.
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