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Texto:
Marcos
Ripalda
Los cuentos
recogidos en Melocotón de manzana son un magnífico ejemplo de
intertextualidad. O sea, digámoslo ya, ¡que viva la tradición del
plagio! Pues en principio, y esto importa muy poco, Monzó se parece
a muchos y, al mismo tiempo, es único. Porque la personalidad
literaria de este escritor catalán reside en su capacidad de
parodiar sus lecturas preferidas. Monzó explora con un lenguaje
sencillo y salpicado de onomatopeyas terrenos ya trillados y saca
jugo, sí señor, porque, entre otras cosas, sus cuentos no están
contaminados de solemnidad, que es uno de los principales defectos
del escritor que se inicia. Para Monzó la literatura es un asunto
cotidiano y se hace en la carpintería del garaje. Lo profundo parece
simple. Y puede que, verdaderamente, no sea tan complicado.
Monzó es un maestro del relato breve y hasta hiperbreve. Se podría
decir que es un condensador de detalles. Escribir bien y económico
es una de las cualidades del buen cuentista. Monzó las tiene. Qué
decir de ese cuento donde se narra la prolongación interminable de
un encuentro amoroso debido a las frecuentes interrupciones de
familiares, albañiles, primos e incordios varios.
Onomatopeyas que economizan descriptivamente, hipérboles
humorísticas que convierten la existencia de sus personajes en
descacharrantes episodios surrealistas, transgresiones diversas
sobre temas recurrentes. Sobre todo esto y mucho más orbitan las
piezas de Melocotón de manzana.
Por nada del mundo querría que sonase a chufa, pero Monzó escribe
breve porque confía en la inteligencia de sus lectores. Ya saben: lo
de rellenar huecos, lo de relato escribible y relato legible. En
fin: mascadito lo justo. Porque para entretenimientos están las
secciones deportivas de los telediarios.
De lectura obligada en los talleres de escritura. Por brillantez,
frescura y originalidad.
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