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Texto:
Marcos
Ripalda
A ver. Mendoza es un excelente escritor. La ciudad de los
prodigios o La verdad sobre el caso Savolta son notables
novelas. Y también está la delirante novelita Sin noticias de
Gurb, en la que un marciano sin pretensiones conquistadoras toma
el físico de Marta Sánchez para confundirse con los terrícolas y, de
paso, aprender sus usos u costumbres. El humor y la sátira están
presentes en la mayor parte de la bibliografía de este autor. Y es
precisamente aquí donde ha encontrado el filón. El caso de Pomponio
Flato navega por estos lares, aunque sin el acierto de recientes
incursiones como La aventura del tocador de señoras, en la
que se narra, entre otras situaciones embarazosas y redículas, como
el protagonista se abotona la chaqueta de su vecino de mesa en un
apagón, digna proeza muy al estilo del irreverentemente domado Tom
Sharpe y su, pongamos por caso, Reunión tumultuosa.
Sin afán de destripador de historias, les cuento. Pomponio tiene un
problema de salud relacionado con su apellido y el universo
gástrico-intestinal. Esta razón le lleva a viajar por el ancho mundo
en busca de posible solución y, como es natural, una cosa lleva a la
otra. En el transcurso de su viaje se resignará, por causas de
fuerza mayor relacionadas con la supervivencia, a echarle una mano a
un niño de nombre bíblico, a cambio de una cantidad pecuniaria
acordada de antemano. Como en el Un, dos, tres hasta aquí
puedo leer la tarjetita. En la trama hay corruptos y corrompidos,
asuntos de tierras, resignados padres y soldados curtidos en mil
batallas.
Mendoza, me cuentan, reconoció en una entrevista televisada que
había escrito El asombroso viaje de Pomponio Flato en el
transcurso de un verano en el que no tenía pensado escribir y que,
además, ejem, lo había hecho sin documentarse. El resultado final,
una vez realizadas medias aritméticas y otros cálculos que no tienen
cabida aquí, es un raspadillo. Y es que hay que estudiar más, señor
Mendoza, con lo aplicado que usted ha sido. Sospecho que compromisos
editoriales tuvieron parte de culpa. En cualquier caso, y como es
habitual en el caso de escritores consagrados o con campaña de
marketing de te-meto-el-libro-por-los-ojos, habrá reediciones a
cascoporro, como diría mi querida amiga Marisa, y las imprentas,
editoriales y grandes superficies harán entrechocar las copas.
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