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Texto:
Marcos
Ripalda
Orden menguante en la selección. Idea de Hipólito G.
Navarro. Lo agradece la escritora argentina Clara Obligado. En los
agradecimientos. 167 relatos bonsái. Microrelatos escritos
originalmente en la lengua de Cervantes. Relatos mínimos, compactos,
que abogan por lo esencial. El auténtico KO cortazariano. La
relectura descubre el mecanismo de precisión que sostiene la mayoría
de los relatos. No todos son excepcionales, ni siquiera dignos de
figurar en una compilación de los mismos, aunque puede que se me
escape el sentido de alguno, claro, sobre todo cuando Borges escribe
esas tres líneas crípticas en “Le régret d´Héraclite”.
De 33 líneas a una y media. Mete ahí una vida. Podría ser
incluida la maravilla que mandó un radioyente de la SER a propósito
de resumir una vida en seis palabras: “Tengo 29 años y metros
cuadrados”. Prodigio de tartazo a la cara de Su Ilustrísima Sra.
Aguirre, la que dijo que Saramago eran dos: Sara y Mago, o sea, Sara
Chistera, qué magia, lo que dije ayer lo desdigo hoy, el conejo no
está, dónde está el conejo, el conejo se lo come mamita, qué rico.
Hagamos memoria. Geniales son casi siempre los microcuentos
de Juan José Arreola; tristísimo el de Bioy Casares; guasonas
delicias surrealistas los de María Shua. Están, por supuesto,
clásicos del género como Monterroso, con su vaca y sus ovejas
negras, y González de la Serna, cómo no, con sus violinistas
acuáticos y sus cortinas asfixiantes, pero no por ello los mejores,
conste.
Confieso tener predilección por lo breve. No por aquella
tontada de que lo bueno si breve dos veces breve o dos veces bueno,
no, sino porque la condensación de una historia es tema que me
obsesiona, a diferencia del amigo Bálder, querido colaborador de la
casa, que tiene incontinencia aunque se disfruta igual, pues no
revela argumentos ni deja indiferente, que es a lo que vamos. Y es
que en tiempos de tecnologías que se arañan y adelantan y baten
récords del mundo y contaminan de paso, el relato breve, quizás no
tan breve, la verdad, debería tener más espacio, y lo tendrá, pues
leerse una novela, con todo lo que tiene de gozoso, es cada vez más
improbable, y sólo ocurre entre trayectos de metro.
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