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Texto:
Marcos
Ripalda
Que quede
claro. Carver es uno de mis escritores favoritos. He leído todos sus
relatos varias veces y cuando reviso los que yo escribo algunos
muestran la clara influencia de este escritor. Obvio es puntualizar,
pero lo puntualizo en cualquier caso, que Marcos Ripalda no es
Raymond Carver, ni falta que le hace.
Vamos al
asunto. Principiantes es la versión sin corregir de De qué
hablamos cuando hablamos de amor. O sea, que lo curioso del
asunto es que el Carver auténtico no es el Carver que conocíamos: un
escritor que iba a la médula del asunto. Así que la (criticable)
poda que hizo el editor Gordon Lish de los originales del escritor
ha sido hasta ahora el único Carver. Y a mí el cercenamiento de
frases, párrafos e, incluso, páginas completas, me parece acertado.
Otra cosa es, y esto sería meternos en harina de otro costal, todo
el asunto de la “autoría”, aquello de que el escritor debe ver
publicado lo que escribe, sin renunciar a una sola coma y bla bla.
En cualquier caso, son los relatos con muñones los que prefiero.
Digámoslo desde ya: el Carver que yo conocía me sigue entusiasmando
más que el nuevo Carver. Claro que, tal vez, influya, como ya he
adelantado, que los haya leído en su “versión reducida” varias
veces. Los relatos “auténticos” de Carver son significativamente más
largos, lo que no quiere decir que haya dejado de gustarme.
¿Debemos darle
las gracias a su editor por “mejorar” los relatos de Carver? Sí,
pues a mi modo de ver, Carver se diluye sin los tijeretazos de Lish.
Es concreto, sí, pero lo es menos acertadamente.
En resumen, admiraba el tobillo de mosquito y ahora tengo un muslo
de pollo. Principiantes rellena muchos de los
vacíos de los
relatos de
De qué
hablamos cuando hablamos de amor,
vacíos significativos porque era el lector quien los “escribía”,
esos huecos que, siguiendo al maestro Hemingway, nos hablan
de lo que no se dice, la famosa teoría de la “punta del iceberg”, es
decir, no hablar de lo más importante en un relato, como hace en “Un
gato bajo la lluvia”. Los espacios, por tanto, han sido completados
con palabras, descripciones y hasta con un extra de
“sentimentalismo”, que, por supuesto, no debe confundirse con lo que
hacía Corín Tellado, y que lastra la narración, pues son
disgresiones en toda regla, tramas secundarias que, en muchos casos,
no enriquecen, y sólo cuecen.
Y qué decir de
los cambios en los finales. De la guinda del pastel. De la
cuadratura del círculo. No hay relato bueno sin un final acorde con
el resto. Vamos, que no es cuestión de cagarla al final. Porque una
frase final puede salvar un relato. Puede también hacer que pase del
sobresaliente a la matrícula de honor. Y no es que estos nuevos
finales, que en realidad son los primeros, los auténticos, sean
peores que los que Lish modificó. No, son finales acordes con ese
contenido que antes no estaba. Son relatos diferentes. Y punto. Lo
que antes estaba velado ahora se deja entrever. En cualquier caso,
si únicamente nos quedáramos con el original primigenio, ya habría
merecido la pena. ¿Pero hubiese sido tan comentado entonces en las
aulas universitarias? Y la pregunta del euromillón: ¿Creó Gordon
Lish a Carver? El escritor Tim O’Brien escribió lo siguiente
refiriéndose a los relatos del escritor: “utiliza el inglés como una
cuchilla: talla piezas de prosa austeras y exentas de adornos y para
ello las despoja de todo salvo del meollo mismo de la emoción
humana”. Pues, querido O’Brien, el Carver auténtico mete la cuchilla
lo justo. El estilo minimalista de Carver es fruto en gran medida,
por tanto, de la personal idea que Lish tenía del cuento. Jesús
Zulaika, traductor en España de toda su obra, asegura que “los
nuevos relatos de Carver son tiernos y válidos en sí mismos. Hay
gente en todo el planeta que le adora pero los de antes te dejaban
sobrecogido y los de ahora son buenos”. Atentos al matiz:
sobrecogido/bueno. Obviamente, el editor construyó a Carver y le
hizo inmortal, pero nunca hubiera podido escribir sus historias
aunque contribuyera a mejorarlas. O sea, pasar por el aro. Para
mejor.
Lish se
convierte en autor por “sustracción”. Porque, partiendo de la misma
base, se cuentan cosas distintas y, por tanto, no estamos ante el
mismo relato. La sustracción aplicada por Lish modifica
completamente el sentido del relato y la emoción que suscita. Claro
que habría que ver la gracia que le haría a Mozart acortar su
réquiem para que durase menos o pedirle a Pollock que no arrojase el
último cubo de pintura, el cubo definitivo, contra el lienzo.
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