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Texto:
Marcos
Ripalda
Tarkovski hizo
una adaptación cinematográfica en 1972 de esta novela de
ciencia-ficción de su compatriota ruso Stanislav Lem, publicada en
1961. Recientemente, el director norteamericano Steven Soderbergh se
lanzó a la piscina con una versión fashion de la misma. Pasta
gansa, ya saben, y George Clooney como protagonista. Total, que la
novela la he leído, como supondrán, después de ver ambos filmes. Y
el sentido de la novela, su mejunje vital está presente con desigual
fortuna. Solaris admite disgresiones y circunloquios, pero
sólo en el original literario. Por supuesto, Tarkovski, con su
empecinamiento ontológico, ha conseguido hacer visibles (que no
comprensibles) muchos de sus enigmas. De hecho, tal vez sea, junto
con La Infancia de Iván, su película más accesible. Pero
dejemos el cine a un lado.
Lem hace gala
de su origen ruso y las preocupaciones existenciales abundan en sus
páginas. Pero no aburre, conste. La novela es amena y narra con
sencillez lo que a muchos se les convertiría en una farragosa tesis
doctoral. Porque se hace evidente la necesidad del escritor de
explicar qué es Solaris sin que se resienta el texto mismo. Para
ello, Lem introduce elementos de suspense y misterio. Y, por
supuesto, habla de redenciones (Crimen y castigo, de
Dovstoieski), de lugares que desaparecen (Tío Vania, de
Chejov) y descubrimientos que permiten el reencuentro con uno mismo
(Un héroes de nuestro tiempo, de Lermontov).
Lector, mira
detrás de la puerta si estás en la estación espacial que gravita
sobre el planeta Solaris. Nunca se sabe a quién te olvidaste. Porque
el inconsciente no perdona, no olvida. Y esa es la falla por donde
se cuela la magia de ese océano que describe Lem. El hombre viaja al
espacio para encontrar respuestas. Pero qué ocurre cuando
encontramos otras preguntas y las nuestras pasan a un segundo plano
y finalmente desaparecen.
Recomendamos
su libro de relatos Diario de las estrellas, una deliciosa
forma de pasar el día en el planeta Babia, que, digo yo, también
tendrá sus estrellas, ¿no? Chiquitas, al menos.
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