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SOLARIS

Stanislav Lem

Minotauro

Año 2003

 

Texto: Marcos Ripalda

 

Tarkovski hizo una adaptación cinematográfica en 1972 de esta novela de ciencia-ficción de su compatriota ruso Stanislav Lem, publicada en 1961. Recientemente, el director norteamericano Steven Soderbergh se lanzó a la piscina con una versión fashion de la misma. Pasta gansa, ya saben, y George Clooney como protagonista. Total, que la novela la he leído, como supondrán, después de ver ambos filmes. Y el sentido de la novela, su mejunje vital está presente con desigual fortuna. Solaris admite disgresiones y circunloquios, pero sólo en el original literario. Por supuesto, Tarkovski, con su empecinamiento ontológico, ha conseguido hacer visibles (que no comprensibles) muchos de sus enigmas. De hecho, tal vez sea, junto con La Infancia de Iván, su película más accesible. Pero dejemos el cine a un lado.

 

Lem hace gala de su origen ruso y las preocupaciones existenciales abundan en sus páginas. Pero no aburre, conste. La novela es amena y narra con sencillez lo que a muchos se les convertiría en una farragosa tesis doctoral. Porque se hace evidente la necesidad del escritor de explicar qué es Solaris sin que se resienta el texto mismo. Para ello, Lem introduce elementos de suspense y misterio. Y, por supuesto, habla de redenciones (Crimen y castigo, de Dovstoieski), de lugares que desaparecen (Tío Vania, de Chejov) y descubrimientos que permiten el reencuentro con uno mismo (Un héroes de nuestro tiempo, de Lermontov).

 

Lector, mira detrás de la puerta si estás en la estación espacial que gravita sobre el planeta Solaris. Nunca se sabe a quién te olvidaste. Porque el inconsciente no perdona, no olvida. Y esa es la falla por donde se cuela la magia de ese océano que describe Lem. El hombre viaja al espacio para encontrar respuestas. Pero qué ocurre cuando encontramos otras preguntas y las nuestras pasan a un segundo plano y finalmente desaparecen.

 

Recomendamos su libro de relatos Diario de las estrellas, una deliciosa forma de pasar el día en el planeta Babia, que, digo yo, también tendrá sus estrellas, ¿no? Chiquitas, al menos.

 

 

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