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Texto:
Marcos
Ripalda
Dios es una
invención de uno o varios sagaces que quieren someter al resto. Esto
mismo lo dice Onfray con bellas palabras y otras que no lo son
tanto. Dice muchas cosas más, claro, y desmonta los pesebres
intelectuales, los derriba con la fuerza de un tanque y el arrojo de
un suicida racional, o sea, de los que no se ponen o, más bien, les
ponen bombas, y revientan mercados, trenes y el resto de los restos
del mobiliario urbano. Porque ya se sabe que el cabecilla, el que
manda, nunca sirve de ejemplo. Vamos, que los cobardes bien
cobijaditos bajo la manta de su fe, que Él todo lo puede, conste.
Vivimos
sometidos a la idea de Dios y los que se llaman ateos no lo son
tanto. Esto lo dice Onfray con una prosa sencilla y concisa. Y
continúa: porque la postura atea necesita de un corte definitivo con
la tradición religiosa de los últimos dos mil años. Veamos. Nos
creemos libres, pero “señuelos” como el de libertad, autoridad,
justicia, propiedad y otros tantos forman parte de conceptos que se
crearon en su día para someternos y, según Onfray, el fundamento de
todos estos conceptos sigue siendo Dios. Una vez liberados de la
religión, podremos quitarnos las cadenas y, sin volver
necesariamente a Platón, abrir los ojos bajo el líquido amniótico de
la ignorancia y sacar la cabeza para admirar la realidad, sea
aborrecible o no. Y es que
en nombre de Dios se han cometido las mayores atrocidades. Genocidios,
etnocidios, homicidios, hogueras. Y son los creyentes los que los
cometen, no los ateos.
Para Onfray, digámoslo ya, la ateología debe elaborar una
crítica sólida contra los tres monoteísmos principales: el judaísmo,
el cristianismo y el islamismo. Y para ello hay que desarticular, en
primer lugar, la ficción de lo trascendente, y promover el cuidado y
desarrollo de nuestro único bien verdadero: la vida terrenal, el
aquí y el ahora. Porque las religiones contaminan la realidad y
prometen paraísos tan artificiales como los chutes y chutados del
revelador corto de Achero Mañas, “Paraísos artificiales”. La
creencia privada nunca debe confundirse con los asuntos públicos,
pues hay muchos, demasiados que se aprovechan de la miseria
espiritual y mental del ser humano. Ya lo dice el autor: “El hecho
de desviar la pulsión de muerte que los martiriza (a los que
redactaron los textos sagrados) hacia la totalidad del mundo no
salva al atormentado, no modifica su miseria, sino que contamina el
universo”. Más tonterías al descubierto: “No satisfecho con la
prohibición de comer el fruto prohibido, Dios no cesó de
manifestarse mediante interdicciones. Las religiones monoteístas no
viven sino de prescripciones y de exhortaciones: hacer y no hacer,
decir y no decir, pensar y no pensar... Prohibido y autorizado,
lícito e ilícito, los textos religiosos abundan en codificaciones
existenciales, alimentarias, de comportamiento, rituales, etcétera”.
Los textos religiosos no son más que ficciones. Y se han
tratado de unificar en una sola ficción. Pero los textos apócrifos,
las contradicciones del ¿texto oficial?, sea el Corán o la Biblia,
abundan. No es lógico, y pedirle lógica a una secta es tarea
imposible, que si una mano divina ha dictado los textos, en ellos
abunden las contradicciones: elogio de la paz, del perdón, de la
benevolencia y, al pasar la página, todo lo contrario: la guerra, la
venganza, la violencia. Está claro que todo es relativo. Para mi tía
Pili, que es muy beata, Dios es una bendición, no hay maldad en Él,
no puede haberla, y el cáncer que le está reventando la próstata al
hombre con el que se casó hace treinta y tantos años es designio
divino, porque venimos al mundo para morir algún día. Para Hitler y
la Iglesia Católica Apostólica Romana, en cambio, Dios o Jesús, su
hijo, el que nos redimió y que no salió por patas, a pesar de que
sabía de pé a pá que lo iban a hostiar de lo lindo, son estandartes
de guerra y, porque hay muchos infieles, herejes y ateos, y son
malos malísimos, los vamos a torturar y asfixiar. Palabra de Dios,
con dos cojones.
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