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Texto:
Ángel Muñoz
Nos cuenta Julio Llamazares en el prólogo de este exquisito volumen,
que su publicación se debe a la insistencia de la editorial
madrileña en sacar a la luz su más íntima escritura. Y es que
ciertamente Julio Llamazares es escritor conocido y reconocido por
sus novelas intimistas y preciosistas como la enorme Luna de
Lobos o
La
Lluvia Amarilla,
sus guiones de cine, sus columnas periodísticas … pero no por su
poesía. Y también añade en su prólogo Llamazares, y coincido
completamente con él, que la poesía es la literatura más verdadera,
la fuente y origen de todos los géneros, y seguro la más personal,
válvula de escape de los sentimientos. Frente a la labor de talento
artesanal y amanuense que supone una novela, la poesía es chispazo,
genio, fogonazo, es un vómito visceral, es capaz de despertar
sensaciones ocultas en el lector más que ningún otro género.
En
poco más de 100 páginas se recoge toda la poesía de Llamazares,
desde 1973 a 2008. Se ve la evolución desde una poesía casi juvenil a
un talento maduro y depurado. Se trata de una poesía desasosegante,
con la temática omnipresente de la soledad y el abandono. Llamazares
nació en Vegamián, un pequeño pueblo leonés tragado por las aguas de
un pantano, y su familia se tuvo que trasladar a otro pequeño núcleo
de la cuenca minera leonesa. Supongo que realmente de donde naces y
de donde paces, marca carácter y vivencias, vivencias que se plasman
en el lienzo privado de la poesía. La dureza y austeridad
castellana, el invierno, la oscuridad, los campos y pueblos
abandonados, la lucha y derrota frente al rodillo del destino, el
desvanecimiento vital y la desaparición final. Realmente la poesía
de Llamazares remueve el interior, incidiendo como un arado durante
35 años en los mismos sentimientos, realmente, insisto, llega a
rodearte de esa frialdad del destierro. Maravillosa.
Muchas gracias, Hiperión, por esa insistencia en su publicación. Es
un libro imprescindible para los lectores del autor leonés, que les
descubrirá una nueva perspectiva iluminada por la tenue luz de un
atardecer de invierno leonés.
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