| |
Texto:
Marcos
Ripalda
Deslenguada, si una novela tuviera lengua. Brutal, si
tuviese firmes y poderosos bíceps. Mal encarada, si fuese una
portera cotilla con muy mala uva. Viaje al final de la noche
narra las desventuras de Ferdinand Bardamu, que se enrola, en un
momento de estúpida embriaguez patriótica, en el ejército francés
para combatir en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, y del
que deserta asqueado. Y este asco existencial perdura, se extiende
como manteca a lo largo de toda la novela, descubriendo personajes
pintorescos, malsanos y malnacidos.
El lenguaje de Céline es soez, acelerado, vivo. Está libre
de todo tipo de formalidades. De este modo, muestra la naturaleza
humana sin máscaras, en un impagable acto de sinceridad. Por muy
feas que sean las miserias del hombre, el escritor las muestra con
un estilo que ha influido notablemente en Jean Paul Sartre,
Henry Miller y Kurt Vonnegut, entre otros.
Viaje al final de la noche
marcó un antes y un después en mi modo de valorar para bien o para
mal una novela. Todas pasan por aquí. Limitaciones de uno, es
posible. Pero lo cierto es que tan impactantes, disfrutables y
certeras pocas leí. Aviso para intrépidos: no es de lectura fácil,
pero engancha como si lo fuera; en las distancias cortas puede
resultar desconcertante.
Sus escritos antisemitas de finales de los años treinta
hicieron que se le acusara de colaboracionismo con los nazis. Fue
exiliado en Alemania y Dinamarca en 1944. El gobierno francés le
perdonó y volvió a París en 1950.
|