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Texto:
Ángel Muñoz
Visceral : 2. Adj. Dícese de una reacción emocional muy intensa.
Diccionario de la RAE.
Ediciones del Viento, en su línea más vanguardista, Viento Abierto,
nos trae una curiosa antología; curiosa, honesta, y por supuesto,
visceral.
El prólogo de uno de los editores, Mario Crespo, resume muy bien en
qué consiste este volumen, qué pretendió ser, cómo esa idea se
gestó, evolucionó, creció y se estabilizó plasmándose en estos 41
trallazos cuyo nexo de unión es la visceralidad de los textos,
aunque el resultado sea bastante desigual resultando finalmente una
amalgama un tanto inconexa; una buena colección de relatos breves,
también de dispar calidad, carente de ese pretendido nexo.
La idea inicial era juntar textos de autores viscerales,
desarrollar incluso una teoría de movimiento, el visceralismo.
Pronto se toparon con la certeza de que no existe una línea tan
general, todos somos en algún momento viscerales, cerebrales en
mayor o menor medida, pero no a tiempo completo; no se puede tratar
de un nexo artístico, no puede haber un “honestismo” o un “graciosismo”.
Así las cosas, el paso fue invitar a autores del interés de los
compiladores a vaciarse en un relato breve, a vomitar su rabia, su
frustración, su ira, su dolor, su hastío … o realmente lo que les
viniese en gana, libertad creativa total bajo una premisa tan
ambigua que alumbra textos como el estupendo relato costumbrista de
droga y mala vida en los bajos fondos “Barrizal” de Kutxi Romero;
brillante y nostálgico, pero de visceral poco. Otros relatos sí que
se ciñen a la premisa de visceralidad de la antología, “Bajarse de
una nube” de Estelle Talavera Baudet, repartiendo leña de manera
despiadada contra la “modernidad”, contra la farsa de parte del arte
moderno, de la impostura con la que cuatro gafapastas prostituyen la
belleza; y lo hace con la elegancia de citar en contraste a Félix
Francisco Casanova y su El don de Vorace, pura visceralidad que
aviva el deseo de hacer tabla rasa y descubrir el arte puro, la
belleza radiante; reflexión cortísima y acertada como un estilete
cargado de certeza. Déborah Vukusic también escribe bajo la premisa
del título de la obra y nos deja el alma helada con quince apuntes
sobre el vacío y la desubicación que sigue al proceso de
descomposición de una relación de pareja, los muros de silencio, las
carpetas de mentiras.
Y en una tercera categoría, en mi opinión, encontramos ciertos
relatos, que me parecen cuando menos un fiasco. Amparados en esa
libertad creativa, y tirando de vísceras, parece que hayan escrito
lo primero que se les haya pasado por la cabeza, pura inspiración
sin revisión ni oficio, le damos una capa de locura, de drogas, de
alucinaciones o de dilemas profundísimos y existenciales que siempre
vende, o una vuelta de tuerca a estructuras clásicas y ya. "Un puto
turista japonés" de Carlos Salern me parece complicado y vacío, un
relato vacío como una resaca de speed, ya que nos ponemos duros,
agazapado tras un shoegaze verbal que oculta su desvarío y vacuidad,
neutro en su salvajismo. O la insulsa obra de teatro en un acto “Con
amigos así” de Marcelo Luján, que me deja igual, de tan cotidiana no
refleja lo que intuyo que quiere reflejar, un marasmo de hastío
diario, sino que simplemente aburre. O “Intertia Satanás” de Davir
Murders, estaré viejo para cogerle el sentido a una sucesión de
“perras” dedicada a Bukowski.
En definitiva, como si se tratara de un disco de 41 canciones, no
todas pueden ser buenas, no todas pueden gustarnos. En conjunto lo
recomiendo por un tercio de sus relatos, realmente muy buenos, y por
lo curioso del proyecto, en mi opinión fallido, de reunir a un
elenco de autores viscerales bajo la bandera del no nacido
visceralismo.
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