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Texto: Ángel Muñoz
Tras Shenzen y el impagable Pyongyang (ya reseñado en
Plataforma 21), Guy Delisle nos vuelve a regalar esta auténtica joya
que es Crónicas Birmanas. Cambiando la circunstancia personal
de su estancia en el país, si en Pyongyang acudía a trabajar
a Corea del Norte a los estudios de animación encargados de
externalizar la posproducción de series francesas, ahora acude a
Birmania (o Myanmar para los países que han reconocido el paranoico
y místico régimen birmano) acompañando a su pareja, miembro de
Médicos sin Fronteras Francia, y cuidando a su hijo recién nacido.
Como en Pyongyang, nos sumerge en la realidad cotidiana de un
pueblo sometido al yugo de una de las dictaduras más terribles del
planeta. El gran mérito, la magia de Delisle es lograr con sus
dibujos claros, simples, y con sus crónicas de historias mínimas,
cotidianas, sumergirnos desde unos ojos inocentes, curiosos, en la
realidad de este pueblo y de este país atrapado bajo la bota de una
hermética junta militar que a través de su monstruoso aparato
burocrático controla hasta el más mínimo movimiento de la población.
En
este volumen Delisle nos detalla la valiosísima labor de Médicos sin
Fronteras, y las innumerables trabas para acceder a las regiones más
remotas del país donde se vive de una manera más cruenta la
ferocidad del régimen militar, donde se vive una realidad que en la
“acomodada” Rangún no se puede ni imaginar. Son el territorio de
minorías étnicas separatistas brutalmente represaliadas por la
junta, y a su vez contienen ingentes reservas de jade y piedras
preciosas explotadas por concesiones utilizando ejércitos de
esclavos yonquis aprovechando las inmensas cosechas de opio y
heroína, la otra gran fuente de ingresos del régimen. A estas zonas
no puede acceder la prensa ni MSF, ni ninguna ONG y el sida
campa a
sus anchas amén del paludismo, la difteria y el hambre. Esta es la
cara más salvaje del régimen, una cara que sólo podemos atisbar, su
principal fuente de ingresos y su pilar de apoyo con la connivencia
de mercados orientales y compañías occidentales; vamos, la historia
de siempre, las dobles morales, el dejar hacer a cualquier dictador
sangriento y enloquecido si podemos sacar alguna tajada. Los
recursos y la riqueza de antiguas colonias, el sustento de regimenes
sanguinarios y la maldición de pueblos ignorados, olvidados y
masacrados.
Al
estar “desocupado” en Rangún, Delisle se mezcla con la población,
indaga el día a día, trata con ONG, monta cursos de animación. Y nos
muestra a un pueblo acogedor, bondadoso, hospitalario con el
extranjero hasta el sonrojo al compartir lo poquísimo que tienen,
amante de los niños hasta el exceso y respetuoso con sus mayores. Un
pueblo digno, consciente de la realidad en la que vive, del yugo al
que está sometido, pero dolorosamente resignado. Un pueblo
ingenioso, que aprovecha cualquier resquicio para burlar la férrea
censura de Internet, que inunda sus mercadillos de DVD piratas y de
todo tipo de software extrañamente versionado proveniente de China y
Tailandia, de curiosas variantes de revistas occidentales… vamos, el
exceso oriental filtrado por la censura militar y deformado por los
intentos de burlarla.
Nos guía con todo detalle por Rangún, una ciudad caótica, decadente
y preciosa, que vive la añoranza de un esplendoroso pasado colonial
y de una primera independencia en la que florecieron las libertades
y las artes hasta que en 1962 el primero de una larguísima lista de
golpes de estado y de generales se encargó de machacar la flor con
la culata de su rifle. Ahogaron ese pasado que cuentan a Delisle con
nostalgia los ancianos y rapiñaron todos los ingentes recursos de
este bello país hasta hoy.
Nos muestra el sangrante contraste entre las comodidades de los
clubes privados de la embajadas occidentales y de las ONG
complacientes con el régimen, sus pequeñas preocupaciones como el
calor, la humedad, la cerveza caliente, los children group, las
barbacoas, las fiestas, y la realidad cotidiana de un pueblo que no
tiene casi de nada.
Y
por supuesto, nos relata todo tipo de anécdotas surrealistas que
arrancan una sonrisa, pero que son las que más hacen pensar sobre la
realidad absurda y surrealista que impone el día a día bajo la
dictadura. Como los templos fastuosos que levantan los generales
para, a pesar de haber oprimido y masacrado a la población, no
reencarnarse a su muerte en un gusano o una rana. El arresto
domiciliario que sufre la premio nobel de la paz Aung San Suu Kyi, y
la broma jurídica de mal gusto por la que tiene plena libertad para
salir del país pero no de su casa. La conducción por la derecha como
muestra de ruptura con el pasado colonial británico y sin embargo
merced al embargo tan sólo pueden entrar en el país coches japoneses
con el volante a la derecha, así es que el caos circulatorio está
servido. Los problemas con la mastodóntica empresa proveedora de
servicios de Internet, su departamento de “quejas” y sus servidores…
una delicia. El sorpresivo traslado de la capital con toda la junta
militar y todos los funcionarios a una llanura en el centro del país
repleta de manglares insalubres y serpientes, este ha sido uno de
los momentos capitales de la historia reciente del país, y un drama
para miles de funcionarios atrapados en una lujosa e inaccesible
ciudad, sólo para la corte militar, una ciudad secreta y misteriosa,
se dice que manejada e inspirada por los astrólogos a los que es tan
aficionado el
general Than Shwe (parece que a todo este tipo de
monstruos los da por lo mismo). La prensa oficial, con sus diez
primeras páginas repletas de citas del general (¡qué imaginación!),
los
agujeros de la censura en las revistas occidentales… y como
colofón la estancia de nuestro autor en un monasterio para dedicarse
unos días a la meditación, y el cambio vital que allí
experimenta.
Al contrario que en otras dictaduras, los monjes (de hecho, los
protagonistas de las últimas revueltas, no sabemos con qué cargo de
conciencias masacradas por los generales) son tolerados por el miedo
que inspira en la junta militar el enfado de las deidaes y los
castigos en su próxima reencarnación.
Una joya imprescindible para unir a las anteriores de este genial
autor canadiense. Un libro que como los mencionados, nos hace
reflexionar sobre la condición del ser humano, sobre la locura de
regimenes dictatoriales sanguinarios y corruptos, y sobre como
precisamente esas angustiosas condiciones hace florecer con
frecuencia lo mejor del pueblo, su ingenio, su bondad, su dignidad.
Esperemos que un día esa dignidad derive en un pueblo soberano,
aunque la tragedia se repetirá sin fin en un lugar distinto del
mundo.
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