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Texto:
Marcos
Ripalda
No sé yo. Aquí hay autobiografía de la buena. De la de un
freakie con medallón, contada con economía ratonil y egoísta
determinación de conjetura.
Nunca me has gustado, título
eminentemente carveriano, presenta un argumento idóneo para
su alistamiento en la gloria del relato breve norteamericano, al
estilo de Sherwood Anderson o John Cheever. Esta novela gráfica es
un relato de primeras voces y veces, de amistades y enamoramientos
sujetos a la intemperie de la timidez, la desidia de los muchos
probables-improbables y la difícil confrontación con el otro, que es
un enemigo intratable y muchas veces hasta prescindible;
relato-retrato nada condescendiente de uno mismo visto por uno mismo
con la inestimable ayuda del paso del tiempo que todo lo cura,
dicen, a saber: que dos y dos son cuatro y sumas uno y son cinco,
pero la cosa se complica, todo es simple, se complica, ya digo, y
crees que sumas cifras interminables, pero lo que no sabes, cuando
eres Chester Brown, es que la ecuación no ha cambiado. Siguen siendo
dos y dos son cuatro. Los mismos dos y dos son cuatro. Y es que la
adolescencia tiene estos desacuerdos con uno mismo, y entenderse es
entenderse siempre con el otro o entender al otro, pero nunca a uno
mismo. Mientras el dibujante, autor de sí mismo, se congratula con
sus afectos, yo le digo, desde la tribuna de la mayoría de edad
avanzada, ahí te quedas, pero sólo al Chester Brown que está
dibujado, que es lo que se merece, aunque, la verdad, no sé yo.
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