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Texto: Ángel Muñoz
¿Qué más se puede decir a estas alturas sobre Robert Crumb? Genio
iluminado, icono de la contracultura americana, uno de los
dibujantes más influyentes del siglo, mordaz, irónico, grotesco. ¿Se
puede añadir algo más tras tantos y tantos libros, artículos,
películas, obras de teatro, retrospectivas, exposiciones sobre su
obra y su persona? En este precioso y cuidado volumen el genio
desnuda su alma. Desde su retiro del sur de Francia donde intenta
desde hace décadas refugiarse de una fama que le abruma, una fama
que nunca buscó, se sincera con su amigo y admirador Peter Poplaski
y nos regala esta delicia de libro.
De una manera llana, sencilla, realmente como una amena conversación
con un amigo frente a una copa de Borgoña en su casa de las Landas,
va desgranando toda su intensa vida. Poplaski divide el escrito en
cuatro partes bien diferenciadas, y nos guía por la evolución del
artista desde un PG (pringao gilipollas [sic]) a IC (icono
cultural).
Crumb nos toma de la mano y adentra en su vida, sus sentimientos y
experiencias. Su infancia marcada por la influyente figura de su
hermano Charlie, al que hace responsable de su afición a los cómics,
al que tilda de genio del dibujo y junto al que dibujaba desde
siempre de manera incansable, casi industrial, toneladas de
historietas en las que vaciaba todo lo que la televisión vertía en
el basurero de su mente. La televisión y el cine juegan una
influencia decisiva en el imaginario de Crumb y su universo. Junto
con comics de su primera época, dibujos, historias, nos habla de sus
programas, series y héroes favoritos, y los de todo el EEUU de los
50. El libro recoge decenas de láminas de películas, fotos de
actores, y nos adentra en la realidad de un país maravilloso, feliz,
del milagro de posguerra, de una realidad ficticia, bajo la cual
laten todas las angustias ciudadanas, lujurias, bajezas, que un
joven Crumb las comienza a descubrir y deformar, a la vez que acepta
sus propias obsesiones sexuales, su universo depresivo y
autocompasivo. En esta época ya comienza a desarrollar un vivísimo
interés por todo tipo de manifestación cultural, pintura, música, y
comienza una compulsiva colección de viejos discos de 78 rpm de
jazz, blues, be bop de los años 20, que no ha abandonado 40 años
después.
Nos cuenta como huye de un padre dominante, como huye de un trabajo
seguro, como huye de un matrimonio precipitado producto de su
enfermiza inseguridad atizada por unos contradictorios sentimientos
religiosos, como su inmenso ego necesita refugio y aliento en su
propio genio reflejado en sus historias. La huida al oeste, la huida
a San Francisco, a la libertad de la California de los 60, y su
alistamiento en el “ejército de los colocados”. Allí entra en una
vorágine de ácido y sexo a la vez que no sale de su asombro al ver
cómo sus comics comienzan a ser objeto del deseo de una industria
deseosa de nuevas sensaciones que muchas veces ve en su obra una
manera de escandalizar para vender. Eclosionan personajes como el
inolvidable Fritz, Mr.Natural, Angelfood McSpade. Crea portadas para
discos de Janis Joplin, publica Zap Comix. Crumb está asqueado de
una industria que no comprende su arte, pero lo encumbra.
La obra de Crumb no se queda en sus perversiones sexuales, en sus
grotescas desviaciones, en sus universos lisérgicos. A través de sus
dibujos deforma la realidad, agranda los oscuros deseos, la lujuria,
la violencia, la mentira, la vileza del ser humano, de la sociedad,
las miserias de su país, sus inseguridades, sus miedos, y las
agranda hasta límites monstruosos, como Goya (uno de sus pintores
más admirados) en sus Disparates, hace que veamos la realidad sin su
máscara de cordura, despojada de cualquier sentido. Crumb no
critica, destroza a la sociedad americana, a todos los corsés que le
fueron impuestos, religiosos, consuetudinarios; desprecia al ser
humano como colectivo, desconfía de la humanidad y le asquea su
cinismo, su hipocresía, su maldad. Todo esto se ve a poco que se
rasque un poco la superficie de cualquiera de sus enormes mujeres de
nalgas descomunales. Esto es precisamente lo que la industria no vio
en su gran mayoría, quedándose con un producto gráficamente
impactante y artísticamente impecable, y absolutamente rompedor,
incorrecto y trasgresor, sucio y bizarro.
Y a poco que se rasque también un poco, sobre esa máscara de hombre
huraño, neurótico, huidizo y depresivo, emerge una bondad que deja
en evidencia que toda esa tosquedad, ese ego desmesurado es
precisamente una defensa para sus inseguridades, una bondad
conmovedora hacia los desfavorecidos, hacia los marginados, los
locos, los excluidos de una sociedad que le revuelve, un amor
inmenso hacia la individualidad, hacia su familia, este amor por
supuesto que se manifiesta en sus personajes que detrás de las
simples perversiones sexuales, de sus vicios narcóticos que pudieran
hacer retorcerse a cualquier mente bienpensante aparecen
absolutamente entrañables. Al fin y al cabo, ¿quién no tiene su lado
oscuro, sus obsesiones, sus perversiones, sus vicios?, no por ello
dejamos de ser buenas personas, entrañables y queridas, sino tal vez
precisamente por ello y con ello, habría que desconfiar de la gente
demasiado buena.
El libro se desliza en sus dos últimas partes hacia la evolución y
madurez del artista. Como tras conocer a su mujer, Aline, y en este
caso precisamente por ello, de ángel redentor la califica, comienza
a salir de años de delirio lisérgico. Se asienta, y comienza a
aceptar a una industria a la que odia, pero que le da de comer.
Nunca ha cesado de criticar al sistema, pero de una manera u otra se
ha visto absorbido por él, lo acepta, y desde su trinchera de tinta
china sigue arremetiendo para mayor gloria de su conciencia y de las
arcas de las editoriales sin haberse prostituido en ningún momento.
Pero la obra de un artista así, absolutamente sublime, evidentemente
termina desbor dando cualquier cortapisa que se le pueda poner, y
termina llegando el reconocimiento mundial por parte de otro
universo del que desconfía apenas comienza a atisbar sus colmillos,
el Arte con mayúscula. Galerías y museos de todo el mundo programan
exposiciones, retrospectivas sobre el genio, intentan analizar,
diseccionar su obra hasta el extremo, mientras él, tranquilo ya,
colecciona sus viejos discos de 78 rpm y disfruta de la paz que da a
su alma la campiña francesa, lejos de su desenfrenada vida, más
viejo, más sabio, más cínico... y quizás más salvaje.
El libro se complementa con un curiosísimo CD. Crumb y su banjo, su
banjo y su grupo, los Cheap Suit Serenaders, tocando canciones con
sabor añejo, de viejo blues sureño, jazz, be-bop, homenajeando a
todas las estrellas olvidadas de sus antiguos discos. Realmente como
trasladarse a la Alabama de los años 20, a los atardeceres sobre el
Misisipí y los bailes en el granero del pueblo. Sorprendente.
Puede que sea una obra para mitómanos. Desde luego no es el primer
escalón para acercarse a la obra de Crumb, pero si es el mejor
camino para acercarse al genio, la obra más llana y asequible que se
ha escrito sobre él. Desde luego, si ya se le admiraba, ahora se le
termina cogiendo cariño.
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