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Texto:
Marcos
Ripalda
Me alegra que Antony Hegarty haya llegado a un
público, si no masivo, al menos lo suficientemente alejado de la
sonrojante, aunque no menos estimable, zona de los que habitan en
números rojos en detrimento, qué duda cabe, de especimenes que
estarían mejor vendiendo seguros o plantando cebollinos. Y mi
sorpresa fue mayúscula cuando leí en EP3 que era el segundo
disco más vendido de, si no recuerdo mal, la primera semana de
febrero, codeándose con Raphael y otras exquisiteces patrias e
internacionales. O sea, que hay esperanza, y hasta vida, más allá de
los límites de La oreja de Morfeo y El sueño de Van Gogh, figúrate.
Habiéndolo puesto durante semanas en el reproductor
antes de atreverme a escribir esta reseña, considero que éste es el
mejor de sus tres álbumes hasta la fecha, aunque no contenga
canciones excepcionales como “The Lake” o “Twilight” y sí diez temas
notables, entre los que sobresalen, apenas un asomo, ya digo, “Kiss
My Name”, la más movidita y optimista del paquete; “Everglade”, una
balada muy sentía que cierra el disco; y la titular y
balsámica “The Crying Light”, una pieza más sofisticada aunque mucho
menos barroca que la intensa “Hope There’s Someone”, que abre su
anterior trabajo, I Am a Bird Now (2005), y que la primera
vez que la escuché, por cierto, me dejó sentao.
Tras su colaboración con
Hercules And Love Affair,
el proyecto de pop bailable del productor neoyorkino Andrew Butler,
muchos temieron que la carrera de este freak andrógino
ultrasensible hubiese mutado hacia el territorio de los rompepistas,
y más si teníamos en cuenta el acertadísimo single “Blind”, una
chulada para dejarse el alma y lo que no es alma en el ruedo. Pero
tras la publicación del EP de adelanto Another World (2008),
más bien flojillo, conste, se disiparon las dudas: habría pop-soul
lastimero para, al menos, otra temporada, así que los amantes de la
sensibilidad a flor de piel y los cazanovedades y, por qué no, algún
despistao travestido de enteraillo estaban de
enhorabuena.
The Crying Light,
dedicado al bailarín y creador de la danza Butoh, Kazuo Ohno,
es el equivalente pop a la música de cámara. Por cierto, The
Johnsons son la banda de acompañamiento de Antony.
www.antonyandthejohnsons.com
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