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Texto:
Ruth
Bautista
Hay discos que te alegran la vida. Está bien, solo durante
breves momentos, quizás una hora, quizás unos segundos, como los
setenta que dura “Before I Knew it”, que abre el disco que nos
ocupa. Pero en qué consiste la felicidad sino en lapsos
intermitentes de emoción, sacudidas que llegan raudas y en las
mismas que vinieron, se van.
El poder de una voz y de una banda que la acompaña con la
exactitud de una orquesta y la calidez y dulzura de un grupo de
amigos reunidos entorno al simple ejercicio de realizar una obra
común. Una obra grande, emocionante, fresca, magnífica y brillante.
Sencilla y capaz de emocionar. ¿Se puede pedir más?
Que no. Que no deberíamos dejarnos engañar cuando nos dicen
que el folkiepop (o lo que sea) está muerto. O lo que es lo
mismo, que ha devenido en esperpentos como el Ys de Joanna
Newsom. Desde este púlpito oscuro y siniestro declaro que no es
cierto. Que quede claro. Es posible que agonice, pero sigue vivo. No
hay más que escuchar una delicia como Oh, My Darling! de la
novel canadiense Basia Bulat, un rubio querubín que se ha cruzado en
mi camino para hacerlo más llevadero con sus vibrantes cuerdas
vocales. Y las de la guitarra. Y las de los violines. Y las del
piano. Y…
Basia demuestra en este debut ser una maestra en el manejo
del ritmo y del tono, brillante en casi todos los temas, tanto
cuando juega con la tristeza melancólica de “Oh, My Darling” o
“Little Waltz”, como cuando lo hace con chispa y donaire en temas
como “Snakes & Ladders”, “Why can’t it be me?”, “The pilgriming
Vine”, por poner solo tres ejemplos de cómo una buena canción es
capaz de exaltar el ánimo y el espíritu.
La sonrisa pánfila de la portada y el sombrerito de domingo
de picnic me hacen presuponer que Basia es una happyflower de
la vida. Bienvenida sea. Mientras haya luz, hay esperanza.
Touché
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