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An end has a start

Kitchenware, 2007

 

Texto: Ruth Bautista

 

Existen varias posibilidades de afrontar este disco. Quizás algunos elijan analizarlo en profundidad, un examen que no aguantaría ni el magnífico debut The Back Room (2005), en el que estos tres chavales de Birmingham daban una pequeña lección de cómo reinterpretar (y muchos dirán que plagiar) a los clásicos en un trabajo rudo, directo, de una sencillez orgánica y visceral, abrumadora. Y si un debut al borde de la perfección como The Back Room no resistiría un análisis técnico exhaustivo, mucho peor sería el resultado de An end has a start (2007), en el que Tom Smith y sus compañeros dan un giro inesperado hacia el lado emocional, sin abandonar el lado oscuro, pero emocional al fin y al cabo. Lo cual les ha deparado críticas encabronadas facilonas. Los cambios nunca son aceptados a la primera, y mucho menos si unos chicos duros (entrecomillado esto último) se pasan a tocar la fibra sensible. El pitchforkmedia se pregunta, por ejemplo, porqué Editors no provoca en el público la misma reacción enloquecida que The Killers o Kaiser Chiefs, que es como preguntarse porqué un quiche no sabe como una tarta de manzana cuando los dos se preparan en un molde y al horno.

 

Después de mucho escuchar este disco, y el anterior, que por cierto sigue tan vivo como el día de su publicación, me decido a no decantarme por la disección de An end has a start, sino a dar mi valoración respecto a la reacción que me provoca su escucha. Y el resultado es muy positivo. Cierto es que influye el gran recuerdo de su actuación en el FIB del 2006 (recuerdo revivido por la reseña y las fotos del Summercase de este verano), pero aun así me reafirmo. Y la razón fundamental es que a pesar del giro estilístico, Editors, y más concretamente Tom Smith, consigue mantener la conexión que existía con The Back Room en cada escucha. Una conexión difícil de explicar, que provoca una vibración y una mezcolanza de sensaciones muy similar a la de otra de esas voces graves e incoherentes con la edad como la de Micah P. Hinson. Y es que Tom Smith demuestra en este segundo trabajo poseer una voz bella y versátil, que fácilmente transmite los registros básicos y primitivos de The Back Room o los más profundos de An end has a start, pasando por estados de tristeza, melancolía, desesperanza o angustia existencial a lo largo del álbum. Lástima que no se pueda decir lo mismo de sus acompañantes, que mantienen en general el tipo, pero en algunos temas se quedan algo pobres, recordando por momento a las guitarras de los Coldplay sin brillo de los últimos tiempos.

 

En su web, en la que se pueden ver varios vídeos y actuaciones en directo, Smith explica la influencia que han tenido algunas muertes cercanas en la realización de este trabajo. Y es algo que se percibe en el álbum de principio a fin, desde los títulos de las canciones y del álbum: “An end has a start”, “The weight of the world” o “When anger shows”; hasta unas letras derrotistas y simplonas, muy propias de momentos de pérdida, con versos en los que incluso se atreven con ecuaciones de filosofía emocional:

 

In the end all you can hope for
Is the love you felt to equal the pain you've gone through (“Bones”)

 

You came on your own
That's how you'll leave (“An end has a start”)

 

Every little piece of your life

Will mean something to someone (“The weight of the world”)

 

El paso a la grandilocuencia nunca se ha recibido con los brazos abiertos. Semejante atrevimiento incita al despellejamiento fácil, que es lo que les está ocurriendo a Editors en la mayoría de las críticas. Sin embargo, muestran espontaneidad y ausencia de deseos continuistas que bien merecen un apoyo. O simplemente la humildad de reconocer que su segundo trabajo es más que correcto, con temas magníficos como “Escape the nest” o “The racing rats”, un nivel que se mantiene de principio a fin y con el extra de una voz capaz de derretir el hielo. Y un pequeño plus: la fotogenia mostrada en nuestra portada veraniega.

 

 

 

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