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EXTREMODURO

La ley innata

Warner, 2008

 

Texto: Ángel Muñoz

 

Seis años de sequía han pasado desde el último trabajo de Extremoduro, Yo Minoría Abosulta (2002), y doce desde, en mi opinión, su última cumbre creativa, aquel memorable Agila (1996), porque en este país parece casi un sacrilegio hacer alguna mala crítica sobre Robe y sus muchachos, sobre ese fenómeno social llamado Extremoduro que vende miles de discos sin casi promoción y sin ayuda de ninguna radiofórmula apoyado en una legión de miles de incondicionales.

 

Vayamos por partes. Creo que no solo yo, sino como he dicho, una legión de incondicionales, hemos crecido arropados por el rock urbano y salvaje, rock transgresivo, de una banda llamada Extremoduro. Hace ya años que Robe se destapó como un auténtico poeta urbano, callejero y soez, cantando a todo tipo de drogas, de mala vida, de la magia que se esconde en el amanecer de un día lisérgico, a los olores almizcleros que nos hacen perder la chaveta, al sexo sucio, a los curas, a las putas y a la policía, a los penales y los kies, a los héroes del parque. Apoyado en una banda de excelentes músicos, fue escupiendo sus dardos envueltos en guitarras aceradas desde la cima de obras maestras como Somos unos animales, Deltoya, o ¿Dónde están mis amigos?, sin olvidarnos del mítico “Extrema y Dura” en su Rock Transgresivo, continente de esa joya: “Jesucristo García”.  Centenares los vimos en la antigua Canci, y ya millares los seguimos en la gira del Día de la Bestia. Es como una antigua relación, no sé en qué momento comenzó mi desencuentro con Extremoduro, y ahí es donde me asalta la duda, ¿seré yo o serán ellos? Cada uno evoluciona en sus gustos musicales, y amplia lo más posible el espectro, pero todavía escucho con una sonrisa aquellos discos, y me dan ganas de botar y se me ponen los pelos de punta con un “So Payaso” o un “Ama, ama y ensancha el alma” y tantas otras… sin embargo, en mi opinión, desde Canciones prohibidas (1998) la creatividad de Robe entró en una suerte de declive del cual creo que no se ha recuperado.

 

La ley innata marca cierta ruptura, tiene otro aire, otro estilo y eso honra a Robe, aunque tal vez esa ruptura se quede en el camino. Es un disco denso y difícil, desde luego mejor que los dos anteriores. Se divide en seis partes, como una suite: una introducción, “Dulce Introducción al Caos”, cuatro movimientos: “El Sueño”, “Lo de Fuera”, “Lo de Dentro”, “La Realidad”, y una oda flamenca “Otra Realidad”. A pesar de esta extraña disposición del disco, no tiene nada que ver con aquél Pedrá (1995), “una canción a cachos”.

 

Ara Malikian es el responsable de un precioso cuarteto de cuerda. Arreglos clásicos, oboes, piano, un excelsa grabación de Iñaki ‘Uhoho’ al mando de las afiladas guitarras… sí, desde luego, una producción preciosista que dejan musicalmente al disco en el podio de su carrera… pero ¿qué era lo mejor de Extremoduro? Esas letras de Robe, esa poesía salvaje y descarnada. Ahora mismo ha perdido ese fuelle, ni es Robe ni es Gil de Biedma, por citar a alguien. Su poesía se pierde en metáforas flojas y juegos de palabras enrevesados que harán las delicias de un público juvenil entregado, pero que no conducen a ninguna parte, lejos de aquél excelso Agila.  Y cuando se pone “salvaje” su “…Para contarte que quisiera ser un perro y olisquearte. Vivir como animal que no se altera tumbado al sol lamiéndose la breva…” lo más duro de todo el disco, se queda a la altura del betún al lado de cualquier canción de sus cuatro primeros trabajos “… no estoy domesticado, me follo hasta a las cabras, me están saliendo cuernos, me cago en los sembrados…”. En fin, en directo dicen que siguen siendo irreductibles, pero también que lo son abanderando sus antiguos éxitos. Políticamente correcto que se dice, mayor que se podría pensar…


Es como volver al barrio de tu infancia después de años de ausencia. Todo te es familiar y querido, las calles, los olores, el parque… pero lo han modernizado, es mejor, más moderno, más limpio, más equipado… Es mejor… pero no es lo mismo.

 

 

 

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