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Texto:
Ángel Muñoz
Seis años de sequía han pasado desde el último trabajo de
Extremoduro, Yo Minoría Abosulta (2002), y doce desde, en mi
opinión, su última cumbre creativa, aquel memorable Agila
(1996), porque en este país parece casi un sacrilegio hacer alguna
mala crítica sobre Robe y sus muchachos, sobre ese fenómeno social
llamado Extremoduro que vende miles de discos sin casi promoción y
sin ayuda de ninguna radiofórmula apoyado en una legión de miles de
incondicionales.
Vayamos por partes. Creo que no solo yo, sino como he
dicho, una legión de incondicionales, hemos crecido arropados por el
rock urbano y salvaje, rock transgresivo, de una banda llamada
Extremoduro. Hace ya años que Robe se destapó como un auténtico
poeta urbano, callejero y soez, cantando a todo tipo de drogas, de
mala vida, de la magia que se esconde en el amanecer de un día
lisérgico, a los olores almizcleros que nos hacen perder la chaveta,
al sexo sucio, a los curas, a las putas y a la policía, a los
penales y los kies, a los héroes del parque. Apoyado en una banda de
excelentes músicos, fue escupiendo sus dardos envueltos en guitarras
aceradas desde la cima de obras maestras como Somos unos animales,
Deltoya, o ¿Dónde están mis amigos?, sin olvidarnos
del mítico “Extrema y Dura” en su Rock Transgresivo,
continente de esa joya: “Jesucristo García”. Centenares los vimos
en la
antigua Canci, y ya millares los seguimos en la gira del Día de
la Bestia. Es como una antigua relación, no sé en qué momento comenzó mi
desencuentro con Extremoduro, y ahí es donde me asalta la duda,
¿seré yo o serán ellos? Cada uno evoluciona en sus gustos musicales,
y amplia lo más posible el espectro, pero todavía escucho con una
sonrisa aquellos discos, y me dan ganas de botar y se me ponen los
pelos de punta con un “So Payaso” o un “Ama, ama y ensancha el alma”
y tantas otras… sin embargo, en mi opinión, desde Canciones
prohibidas (1998) la creatividad de Robe entró en una suerte de
declive del cual creo que no se ha recuperado.
La ley innata
marca cierta ruptura, tiene otro aire, otro estilo y eso honra a
Robe, aunque tal vez esa ruptura se quede en el camino. Es un disco
denso y difícil, desde luego mejor que los dos anteriores. Se divide
en seis partes, como una suite: una introducción, “Dulce
Introducción al Caos”, cuatro movimientos: “El Sueño”, “Lo de
Fuera”, “Lo de Dentro”, “La Realidad”, y una oda flamenca “Otra
Realidad”. A pesar de esta extraña disposición del disco, no tiene
nada que ver con aquél Pedrá (1995), “una canción a cachos”.
Ara Malikian es el responsable de un precioso cuarteto de
cuerda. Arreglos clásicos, oboes, piano, un excelsa grabación de
Iñaki ‘Uhoho’ al mando de las afiladas guitarras… sí, desde luego,
una producción preciosista que dejan musicalmente al disco en el
podio de su carrera… pero ¿qué era lo mejor de Extremoduro? Esas
letras de Robe, esa poesía salvaje y descarnada. Ahora mismo ha
perdido ese fuelle, ni es Robe ni es Gil de Biedma, por citar a
alguien. Su poesía se pierde en metáforas flojas y juegos de
palabras enrevesados que harán las delicias de un público juvenil
entregado, pero que no conducen a ninguna parte, lejos de aquél
excelso Agila. Y cuando se pone “salvaje” su “…Para contarte
que quisiera ser un perro y olisquearte. Vivir como animal que no se
altera tumbado al sol lamiéndose la breva…” lo más duro de todo el
disco, se queda a la altura del betún al lado de cualquier canción
de sus cuatro primeros trabajos “… no estoy domesticado, me follo
hasta a las cabras, me están saliendo cuernos, me cago en los
sembrados…”. En fin, en directo dicen que siguen siendo
irreductibles, pero también que lo son abanderando sus antiguos
éxitos. Políticamente correcto que se dice, mayor que se podría
pensar…
Es como volver al barrio de tu infancia después de años de ausencia.
Todo te es familiar y querido, las calles, los olores, el parque…
pero lo han modernizado, es mejor, más moderno, más limpio, más
equipado… Es mejor… pero no es lo mismo.
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