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Texto:
Asier R.
Como suele ser habitual, mientras escribo las siguientes
líneas estoy oyendo el álbum a comentar. O medio oyendo porque el
tremendo constipado que tengo hace que prácticamente me suene en
“mono”. Estaba intentando acordarme un poco de la primera sensación
que tuve al escuchar este disco hace ya un mes más o menos y lo
cierto es que no la recuerdo.
Pero en mi mente si está grabado un instante realmente
emocionante en el que se me quedaba cierta perplejidad en el cuerpo
cuando sonaba “Lord Have Mercy” con sonido envolvente por toda la
habitación, por aquel entonces sin constipado, como si de la portada
que adorna la grabación se hubiesen escapado todas las mariposas.
Puede que hable ñoño como un enamorado baboso, pero lo
cierto es que con este álbum se me han caído todos los esquemas a
los pies. Cuanto más lo escucho más extraordinario me parece. Fue
esa misma sensación la que hizo patearme las calles de Madrid en su
busca hasta que finalmente nos encontramos en una tienda. Lo dicho.
Un flechazo. Flechazo duradero.
Supongo que ahora toca exponer el porqué y lo cierto es que
me resulta sencillo y difícil a la vez. La personalidad es
desbordante en cualquier aspecto en que te fijes de tamaño
artefacto. Para empezar es un álbum con ocho canciones. De lo más
dispares en su duración, aunque con este grupo lo normal es que sean
largas. Y su mérito, que se hagan cortas.
Su sonido bebe de muy diversas fuentes pero hay en este
álbum dos personas que lo hacen muy personal. En primer lugar está
Ethan Miller, personaje cuya banda principal se llaman Comets on
Fire, un combo que hace una música muy complicada de escuchar y de
ejecutar y que tienen un gran talento. En esta, su otra banda, su
talento se multiplica, tiene una voz extraordinaria, pasional,
cascada, rota, susurrante. Toca la guitarra como si hubiese nacido
con una. Con ambos instrumentos tiene una variedad que asombra por
esa capacidad de ir al grito cantado hasta las notas bajas más
relajantes.
Por otro lado está un señor guardaespaldas llamado Joel
Robinow cuyo grupo origen se llama Drunk Horse y del que no tengo el
gusto aún. Este tipo debe tener ocho manos y cinco pies, aparte del
alma más luminosa de la constelación. Es la única explicación que
encuentro a esa forma tan apabullante de cubrir todos los huecos de
las canciones y con estilo. Ya sea con un hammond que es gloria
bendita (y no cito canciones porque es perfecto en TODAS), con los
arreglos de viento (tan difíciles de introducir en una canción) o
con el sencillo wurlitzer dejándose seducir.
El resto de grupo está a la altura, bajistas, trompetas,
saxos, etc. Pero lo cierto es que las composiciones y las letras
(por momentos bastante cósmicas) creo que tienen esas dos cabezas
sobresalientes que han creado lo que para mi, sin lugar a dudas y a
la espera de futuras sorpresas, es mi disco del año.
Pero no puedo despedirme sin comentar que su primer álbum,
titulado como ellos mismos Howlin Rain es también un
prodigio, con un sonido más cercano al pop, al folk y a cierta
distorsión bien entendida. Con menos muralla de sonido e igual de
emocionante y excitante.
En resumen, un grupo de estos que CREA discos de los que a
cada nueva escucha le encontrarás un nuevo detalle, que los detalles
que ya te conoces te sonarán a nuevos y que los que no te suenen a
nuevos te emocionarán como la primera vez. Es decir una joya y una
obra de arte.
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