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Texto:
Ruth
Bautista
Una primera escucha de este disco te puede llevar a la
opinión de que es una genialidad. Uno de esos objetos retros,
sofisticados y agradables con los que alegrarte el día. Magnífico
además si esa primera escucha la realizas en un largo viaje en
coche, o en tren para los más románticos. Aires setenteros y
ochenteros, sofisticados, que por momentos recuerdan a
Steve Wonder, al origen de
Michael Jackson o a
Paul MacCartney. Una maravilla de
composición (en el sentido pictórico); de un tono elegante, grácil,
delicado, complejo y hasta terapéutico. De esos álbumes que te
cambian el estado de ánimo. De esos artistas que tienen una varita
mágica y consiguen lo imposible. Y Mraz lo hace para bien, te
transforma en alguien alegre, relajado e incluso feliz durante el
tiempo que dura la escucha del disco.
Pero cuidado, que estamos hablando de las primeras escuchas
del disco. Porque este trabajo se quema rápidamente. De manera más
sosegada, cuando lo escuchas en casa, sin más distracciones, de
repente te encuentras pasando ciertas canciones y disfrutando de
unas pocas elegidas. Con lo que el álbum muestra su fragilidad y
carácter efímero. Entre esas que se siguen disfrutando destacan los
duetos, especialmente el primero, “Lucky”, cantado junto a
Colbie Calliat, en una de esas
preciosas canciones pop, demasiado evidente, pero aun así preciosa.
El que realiza junto a James Morrison
es algo más flojo, enlazando sus voces hasta confundirse la una con
la otra en “Details in the Fabric”, que se queda a medias en su
camino, quizás porque el peso de Morrison en la canción es
insuficiente. “I’m yours”, segundo tema del álbum pertenece también
a las elegidas, junto con la apertura de “Make it mine”, al grito de
Wake up everyone!. Como rareza, “Love for a child”, que
parece escrito por Rufus Wainwright
por su prepotencia, pero carente en su totalidad de la ironía que
Wainwright imprime a sus letras.
En definitiva,
un gran álbum para escuchar. Mientras dura su disfrute.
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