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Texto:
Marcos
Ripalda
Lo de Joanna
Newson es muy fuerte. Y no por el disco que se ha marcado, claro,
que cada uno hace el disco que puede o que le dejan o que cuela, que
este disco es un farol, un órdago con cartas que no asustan si
tienes quien te chive. Y, sin embargo, esta cantautora folk a la
última, qué duda cabe, es la number one para la
revista RockDeLux. Y para la web Pitchforkmedia, segunda o tercera,
que prefiero no comprobarlo. El caso es que aparece en todas las
listas de rigor. Y, así, de sopetón, les aseguro que no es para
tanto. Más: que no es. Y no sólo por su evidente, digámoslo ya, tufo
a esnob esnobísimo, que a todo hay quien gane, sino porque la
bizarra Joanna, a la que no le voy a discutir la gracia y el talento
de sus letras, aburre en el apartado melódico.
Ys, que es el segundo álbum de la cantante norteamericana
tras The Milk-Eyed Mender (2004), tiene momentos
complacientes, placenteros, agradables. Y es innegable que es uno de
esos discos que no molestan a priori, pero que en la cola del
supermercado puede hacer que empiece ese tic sospechoso. Primero en
una ceja, luego que se levanta el labio y, finalmente, las noticias:
Era una buena persona, saludaba a sus vecinos, No siempre, Fermín,
acuérdate. No sé si me siguen, que da igual. Verán, el caso es que
tiene sus momentitos, ya digo. Y hasta queda chulo ponérselo de
chapa, el disco. Y lucirlo, como los buenos pelotazos. Lo que quiera
que haga Joanna, los medios especializados lo denominan “folk
sinfónico”, tipo Devendra Banhart más alucinado, si cabe, aunque
suena como Cocorosie con cuarto y mitad de Björk abducida por los
ositos grizzly de Walt Disney. Y, desgraciadamente, su escucha te
hace pensar cosas de este estilo: ¿Dentro de cincuenta años será
Radiohead recordado? ¿Son Sigur Ros un fraude? ¿No nos habremos
precipitado con poner siempre bien a Tom Waits? Y así, hasta el
infinito y más allá.
En cualquier
caso, un servidor, aficionado a las listas antes de que nos las
recordaran los de Mercedes y la clase privilegiada de siempre, la
coloca primera en varias listas posibles, a saber: la de portada más
freakie; la de voz más irritante (a lo Kate Bush); la de
canción más larga (“Only Skin”, diecisiete minutos, y con algunos
pasajes de lo mejor del disco, donde colabora Bill Callahan –Smog-,
su actual pareja); y la de las colaboraciones más sonadas y menos
lucidas, con Van Dyke Parks para los arreglos, Steve Albini,
grabando las voces y tocando el arpa, y Jim O’Rourke como mezclador. |