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Texto:
Asier R.
Entendible es por un lado que grupos como
O’Death,
Murder by Death,
The Gourds,
Red Stick Ramblers y un
larguísimo etcétera de bandas jóvenes, no tengan aún repercusión, o
los medios tarden en fijarse en ellos. Ojo, no lo justifico, pero
tal y como está el panorama hay grupos de un talento sobrenatural
que nos llegan de milagro y por gente no pagada que siente auténtica
pasión por la música.
Me sorprende más que alguien como
Kristin Hersh, reconocida como líder de
Throwing Muses (grupo que nunca
me ha atrapado, dicho sea), haya tenido tan poca repercusión en
nuestro país, especialmente con este disco que me tiene embriagado
desde hace más de un año.
Dos imágenes, iconos, personajes o artistas me vienen a la
mente cuando lo escucho o veo la carpeta del CD. En primer lugar,
la Norma
Desmond de El Crepúsculo de los Dioses. No es que haya nada
musicalmente del disco que me haga pensar en ella, pero esa
caracterización (o no, tal vez sea real) de una Kristin Hearsh
desmejorada y bastante fuera de la realidad psicológicamente por sus
verdaderos problemas mentales me hacen ver cierta conexión (tal vez
sea mi malsana mente).
Por otro lado, y aquí vamos más al tema musical, se me
aparece el espíritu de aquel disco tan soberbio e igualmente
desapercibido que es Cockahoop de
Cerys Matthews. Con unas diferencias de estilo y de
influencias tan notables, creo sin embargo que comparten y respiran
una intimidad personalísima de dos artistas, mujeres en este caso
(no creo que sea gratuito, hay cierta sensibilidad que solo se puede
encontrar en ellas), que ponen toda la carne en el asador a través
de composiciones concisas, redondas y en casi su totalidad perfectas
y emocionantes.
En este caso concreto, Kristin Hersh se vale de dos bazas
fundamentales. Esa voz digna de una niña. De una niña vieja, con
vivencias bellas o dolorosas, a saber, que hacen de su escucha en
unos casos extremadamente melancólica y en otros un viaje a través
de una belleza misteriosa y épica a la par. Doble mérito teniendo en
cuenta la brevedad de las canciones. Creo que “Winter” es un ejemplo
genial de esto que digo.
Hay otro factor en el que ha acertado, con una diana plena.
Ha utilizado el dardo de unos arreglos de cuerda que son la marca
del disco, junto con su voz. Tapando guitarreos (los hay aunque
contados), pasajes acústicos, la pareja McCarrick se merece una
bendición por apuntalar las composiciones de una Kristin Hersh
inspiradísima.
Todo eso fluye entre interludios pianísticos, arreglos de
todo tipo (ese repicar de campanas es, casi, otro punto y aparte) y
muchísima pasión. Valiente.
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