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Texto:
Marcos
Ripalda
De grupo pionero del slowcore, con permiso de, entre
otros, Slint y Codeine, a grupo revelación de indie-rock. Si
con The Great Destroyer (2005) abrieron una brecha insalvable
en las listas de lo mejor de aquel año haciendo algo a lo que no nos
tenían acostumbrados, al menos no del todo, y lo hicieron mucho
mejor que otros grupos que ya nadaban y presumían de estilo en las
aguas de ese rock magullado y de bases rítmicas a lo Mogwai, con
Drums And Guns, producido al igual que el anterior por Dave
Fridmann (Mercury Rev, The Flaming Lips), retoman los senderos
acolchados del slowcore. O más bien del low slowcore.
Ritmos lentos, a veces terminales, arreglos mínimos, juegos de voces
bellísimos. Un paso atrás, sí, para coger impulso y perfeccionar
sutilmente lo que antes ya hicieron. Low recuperan en su
séptimo álbum el sonido con el que construyeron su reputación. Y han
querido además incendiarlo todo para dejar sus nuevas composiciones
en el esqueleto. Pero no nos engañemos: a pesar de que sólo se ven
los andamios, hay mucho ladrillo detrás. Cierto es que las guitarras
casi han desaparecido, pero está ese característico muro de sonido
forjado a base de loops vocales e instrumentales y la
superposición de percusiones y sampleados.
El matrimonio formado por Alan Sparhawk y Mimi Parker, al
que se ha unido Matt Livingston en sustitución de Zak Sally, ha
forjado un disco donde la emoción queda reducida al vacío, a ese
hueco donde no hay música o apenas se percibe. La introducción de
bases electrónicas minimalistas hace que en algunos temas su sonido
se perciba como sintético, que pierda esa fisicidad tan
notable de sus anteriores trabajos. ¿Habrán iniciado la
slowcoretrónica?
Dos temas de su proyecto paralelo
Retribution Gospel Choir, “Hatchet” y “Breaker”, que suelen tocar en
directo, han sido incluidos en este disco. Temas breves,
contundentes y letras violentas para un mundo que no les gusta. Un
mundo que se viene abajo. Impepinablemente. Palabra de Low.
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