| |
Texto:
Marcos
Ripalda
Mus. Juego de cartas muy arraigado en las cafeterías de las
facultades, sí. Y también el nombre de este dúo de Asturias que urde
un pop otoñal de brasero y puchero con hojita de menta. Aquí no hay
ni rastro de Asturias patria querida y sí mucho amor del bueno, que
es el que tienen las madres, y sólo algunas. Porque Fran Gayo, con
su arreglos de melotrón y viola, se te arrima y te sacude el polvo y
no luces mal, aunque todo es mejorable, qué duda cabe, mientras
Mónica Vacas, con su dulce voz susurrada, te va diciendo duérmete
niño o que sólo estás, en bable, que es lo que de menos, pues ya la
cadencia está dentro y sientes que sientes, todo un progreso,
querido, aunque no te ubicas, claro, pero, a poco que pegues el
oído, estás en casa, de vuelta, y te sorprendes mirando las motas de
polvo que la luz dibuja. La vida, ya sabes, en cualquier parte.
En su anterior
álbum, Divina luz (2004), Mus se mostraban no aptos para
quienes les creció un árbol en mitad del pecho y hubo que talarlo
para evitar males mayores. Con La vida, siguen sin ser aptos,
pero, al menos, se pueden arrimar quienes sólo sientan una pequeña
punzada de arbusto o hierba mojada. Mus abren un sendero en mitad de
la tristeza más honda y se adentran en el pop ensimismado de grupos
como Mojave 3 o Mazzy Star.
|