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NICK CAVE

Dig Lazarus Dig

Mute, 2008

 

Texto: Asier R.

 

Nick Cave es un artista que me descoloca mucho a pesar de que me encanta. A pesar de que en parte su música comienza y termina con él mismo y la evolución de su música es su propia evolución. Unas veces a mejor, otras a peor y otras, simplemente distintas. Me gusta que no sabes exactamente qué te puedes encontrar a estas alturas en su carrera. Debe ser de los pocos que tiene esa perfecta imperfección, algo parecido a lo que sucede con Neil Young. Sus discos siempre son decentes y de repente se desmarca con una obra genial.

 

Mirar históricamente su discografía es una tarea un tanto inabarcable, pero sí quiero fijarme en los últimos discos, tal vez los que más han hecho que me descoloque como comentaba al principio y que me enfrentase a su última obra con la actitud a la defensiva con la que lo hago.

 

La etapa clásica de Nick Cave me sorprende e hipnotiza, pero si nos fijamos en los últimos discos, encuentro ahí cierta sensación de insatisfacción bastante clara. Aquí voy a parecer un tanto sacrílego, pero ni The Boatman´s Call ni Nocturama me convencen y tengo que admitir que el regusto del primer disco antes mencionado no me dejó muchas ganas de enfrentarme a No More Shall We Part. Aunque lo escuché y no me enganchó.

 

Cual fue mi sorpresa cuando a través de un regalo, escuché Abbatoir Blues/The Lyre of Orpheus. Este disco fue una sorpresa. Un sorpresón más bien, ¡qué maravilla!. A pesar de faltar su magnífica mano izquierda, Blixa Bargeld a la guitarra, el disco era una mezcolanza magnífica de energía, energía furiosa y chirriante de esa de sus comienzos, con alguna de las composiciones más bellas que hubiese compuesto jamás.

 

Pues bien, aun así, me acercaba al último disco de estudio, este que aquí comentamos y que se llama Dig Lazarus Dig, con esa desconfianza tan sana que hace que todo lo que sacan los artistas de los que somos fans no nos parezca perfecto y maravilloso. Así podemos colocar un poco este disco donde se merece, muy alto. Pasado el experimento Grinderman (creo que no se puede considerar más allá de eso), aquí nos juntamos con un disco mucho más contenido en canciones, once esta vez, y de las que no podemos decir que haya ninguna balada de esas tan escalofriantes que más que cantar, suele interpretar Nick Cave. Y no la echamos en falta. Creo que es uno de los discos más energéticos que ha sacado nunca. Esta vez no parece Nick Cave enfrentándose a sus penas. Más bien llega a nosotros como un jefe de húsares, dispuesto a comerse todo, y es que los Bad Seeds están ahí detrás con ritmos trepidantes, por momentos de una alegría socarrona y que prácticamente te invitan a bailar.

 

Esta vez los momentos más tranquilos no son de esa insalubridad de las primeras épocas, se podría decir que son más amables, por momentos misteriosos y llenos de esa sensación de calma tensa que en este caso nunca llega a explotar…o si, a través de la canción siguiente que es más que probable un prodigio de fuerza vocal, instrumental y me atrevería a decir que incluso de palabra. Porque calma y energía se alternan de una forma cuidadamente seleccionada en este disco que hace que el orden de las canciones no se deba alterar.

 

Creo que en esta especie de renacer, hay una parte muy importante de los Bad Seeds y si hubiese un instrumento a destacar en este disco, yo me decantaría por el órgano. Y mira que ha habido órgano en la trayectoria de Nick Cave, pero creo que tanto él como Mick Harvey en este disco le han dado una preponderancia y lo han usado de una forma que le da una nueva originalidad a esta obra respecto de las anteriores. Desde el bajo con el que empieza la primera canción y que, al instante, se ve acompañado en ese paseo musical por un organillo casi de esos que utilizaban los gitanos con su cabritilla, casi diría que aquí en la canción “Dig Lazarus Dig” se van uniendo todos ellos en el ejército antes mencionado, bajo, órgano, guitarras eléctricas, acústicas, coros de apoyo estratosféricos, platillo. Simplemente una canción que va gustando más y más a medida que la escuchas. Una canción que sirve de punta de lanza.

 

Otro punto muy importante, aunque tal vez con menos protagonismo a nivel general, son las cuerdas que utiliza Warren Ellis. Si a nivel global están menos presentes, tienen momentos puntuales de auténtica genialidad, ya sea tocadas de la forma más clásica o casi como un experimento. Y aquí no puedo dejar de elegir “Hold on to Yourself” con esos violines que me recuerdan a las gaviotas y al mar como una de mis canciones predilectas del disco. El ejército descansa pero jamás se relaja.

 

Pero no quiero destacar ninguna por encima de la otra porque todas ellas están a un nivel muy alto y sería muy injusto. Es curioso que Nick Cave (bandas sonoras aparte y grupos experimentales también) ha sacado en sus dos últimas entregas dos de los discos de mayor calidad de su carrera, y a su vez de más fácil escucha que han conseguido atrapar nuevos prisioneros/adeptos a sus filas. Así que para los que seáis neófitos, Abbatoir Blues y Dig Lazarus Dig son dos muy buenas elecciones que os harán lanzaros de cabeza a las trece restantes obras de pesadilla, redención y amor que Nick Cave con sus nunca suficientemente ponderadas malas semillas atacarán o acariciarán vuestros oídos.

 

 

 

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