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Texto:
Marcos
Ripalda
Anda que no he dado vueltas hasta que me he decidido.
Que si lo odio, que si sí, que si no. Hasta que me pongo un día el
octavo álbum de PJ Harvey y descubro, como por arte de magia, que
estoy ante un trabajo notable. ¿Qué me había pasado las últimas
quince veces? ¿Es que, según qué casos, me afecta a mi también la
Cerumen Age? Puede. El caso es que, a veces, sucede esto. Que de un
día para otro pasa a gustarte un disco. Así de simple. Cierto es que
había un par de canciones que me habían gustado desde las primeras
escuchas (“The Devil” y “Silence”). Pero poco más. Lo que quiero
decirles es que le dediquen su tiempo. Que espacien las escuchas.
Que hay material de primera, como la sobrecogedora “White Chalk”,
con una musicalidad que me recuerda a lo mejor de Mike Oldfield.
PJ Harvey abandona la guitarra y se concentra en el
piano, la armónica, el arpa; su voz suena más dulce que nunca (“To
Talk To You”). La novia gótica de la portada descubre sonoridades
emotivas hasta ahora ausentes en su discografía. Si antes había
rock, ahora hay auténtico pop de cámara minimalista, música
contemporánea para disfrutar en recintos de clásica y no bajo
toldos-absorbe-calor en los pose-festivales. PJ Harvey se ha
reinventado a sí misma con un álbum sin precedentes en su carrera.
En cierto modo, se ha posicionado entre Lisa Germano y Björk, pero
sin la rudeza de la primera y las rizadas de rizo de la segunda.
Thom Yorke, querido, empieza a temblar porque que una
nueva llorona ha llegado al pueblo.
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