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Texto:
Ruth
Bautista
A diferencia de la mayoría de los grupos coetáneos, los
chicos de Travis nunca han querido ser estrellas mundiales, ni lo
han sido. Mantienen un aura de normalidad o cotidianidad poco común
en bandas británicas. Por eso consiguen aún mantener la magia de sus
álbumes y nunca defraudan (caso muy similar es el de Stereophonics).
Aunque quizás nunca sorprendan más allá de la primera vez. Y por
todo esto, que no deja de ser importante, son siempre un valor
seguro al que agarrarse.
Hasta hace unos días no había escuchado The boy with no
name (2007). Quizás por eso me animo ahora a escribir esto. No
quiero que pase como con dos de las maravillas del 2007, The
Remider, de Feist, y Armchair Aprocrypha, de Andrew Bird,
que llevan una barbaridad de tiempo instalados en mi reproductor,
sin nadie que se atreva a bajarlos de ahí, y de tan familiares ya me
es imposible reseñarlos. Desde luego, el último trabajo de Travis no
es comparable a ninguno de los anteriores, ni va a durar tanto, le
falta el punto de originalidad que tienen los otros dos, pero bien
aguantará unas cuantas semanas, posiblemente meses, pues Travis
consigue hacerte sentir ese punto de felicidad nostálgica del que es
muy difícil desprenderse, como unas simples píldoras de “soma” en el
mundo civilizado de Huxley. O como un bello parador al alcance de la
mano en el que tomarse un descanso en este a veces tortuoso camino.
La canción más reconocible del álbum es “My eyes”, un tema
alegre, pegadizo y algo más rápido que la media del disco, como
“Selfish Jean”, aunque también nos regalan bellísimas canciones como
“Big chair” y sobre todo “Closer”. Pues eso son y han sido siempre
Travis, los chicos de las canciones bellas.
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