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Texto:
Ángel Muñoz
Grupo de talento y éxito, mimado por la crítica, aclamado
por el público, enfrentado al eterno desafío de su segundo trabajo,
el hito que confirmará su talento, que nadie estaba equivocado con
ellos, o el trabajo mediocre que, de momento, dirá bien poco de
la banda.
En el caso de los canadienses Wolf Parade, su segundo trabajo pertenece a
esta segunda categoría de segundos trabajos decepcionantes.
La banda de Spencer Drug y compañía debutó tras una serie
de prometedores EP’S de la mano de Sub Pop con todo un discazo:
Apologies to The Queen Mary. Rock frenético, salvaje pero con
melodía, con ritmos pegadizos, estribillos fáciles, un auténtico
rompepistas de tintes épicos tan canadienses a lo Arcade Fire,
canciones como “Dinner Bells” o “Fancy Clips” no podían dejar
indiferente a nadie. Grupo de innegable calidad, debutante con un
sello como Sub Pop, y con trallazos como los mencionados, encandiló
a público y crítica, a mí el primero.
Pero este segundo disco ha perdido toda
la frescura. Creo que como otros muchos grupos con un comienzo tan
fulgurante, se han visto con la responsabilidad de superar o cuando
menos igualar a su disco de debut, y las cosas no van por ahí,
cuando las buscas tanto, cuando intentas de manera tan cerebral y
predecible repetir la fórmula del éxito, no salen. Se han internado
de manera decidida por la senda épica abierta por Arcade Fire,
dejando de lado el lenguaje pop y los ritmos rock con los que tan
bien se manejaban para dar paso a un disco denso, espeso, enrevesado
y aburrido. At Mount Zoomer comienza bien, muy bien,
“Soldier’s Grin”, netamente neoyorquina destila un manejo de los
tiempos genial con unas sólidas guitarras; el segundo corte, “Call
it a Ritual” empieza a destilar unos discretos toques épicos que en
esa medida la convierten en una canción efectiva. Pero a partir de
“Language City” el disco va cuesta abajo, una canción tras otra,
como quien sube un puerto de montaña, las canciones se hacen más
densas y difíciles. Y no hay peor cosa para un disco que ni la mitad
de las personas que lo escuchan lleguen al final, y es más que los
que lleguen lo hagan casi por cabezonería porque hubieran dado al
stop en el quinto corte.
Los canadienses tienen talento de sobra, esperemos que en
su tercer trabajo se dejen llevar y remonten sin la presión que les
ha llevado a crear este ladrillo. Si tienes talento y te diviertes
la cosa está hecha. Como diría el gran Josele Santiago: “…pensando
no se llega a ná”.
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