|
Texto:
Asier R.
Lo de Dave Edmund Edwars (cantante de WH) tiene mucho
mérito. No solo anda por estos parajes con una temática religiosa
que podría incomodar a más de uno, si no que además su música tiene
a veces una negrura teñida de una melancolía (salvaje gracias a la
propia música, que muchas veces ronda territorios límite) que la
podría hacer todavía más incómoda.
Como suele ocurrir, aunque no siempre debería, de la teoría
a la práctica hay que recorrer mucho trecho. En este caso ese camino
a recorrer se compone, en lugar de baldosas amarillas, de una
discografía y una personalidad que es muy poco común.
Sin duda cuando escucho a Wovenhand, me da lo mismo ese
aire cenizo que desprenden sus canciones (no todas por supuesto), la
religión se transforma en espiritualidad y la voz de Dave Edmund
Edwars te atrapa. Esto es así. Independientemente de ser una de esas
voces con carisma y personales, lo realmente preponderante en ella
es el magnetismo y se puede decir que en este disco anda sobrado de
las tres cualidades.
Puestos a pensar, esto no es algo que haya cambiado con
respecto a otros discos, esa voz lleva ahí desde la época en que 16
Horsepower campaban a sus anchas por el mundo musical. Lo que fue el
grupo fundamental del hermético cantante ha servido de base a su
actual proyecto. Y eso es normal porque coincidieron en el tiempo.
Por eso, al pasar del misticismo y el sonido envolvente de su
anterior disco Mosaic a la rudeza de este Ten Stones
me ha hecho recordar vagamente a su anterior grupo en la actitud
fiera de acometer o tratar algunas canciones.
Todas las características de anteriores discos de Wovenhand están ahí. La épica dramática, impregnada con los aullidos (se
deja llevar por las sensaciones como un lobo en los riscos de algún
lugar solitario). Los sonidos fronterizos flotan junto a campanillas
y teclados sonando cada vez más enigmáticos (¿cómo continuará la
canción, a dónde nos llevará?).
Tan solo hay que escuchar “Kingdom of Ice”, oyendo a Dave
arengar como un poseso, para darte cuenta del pulso y la tensión que
tienen cada una de las diez canciones (experimento final aparte).
Pero algo ha cambiado, todas las características, todo el
talento y esas canciones han alcanzado un nivel que supera lo
anteriormente escuchado. No sé de quién será la culpa pero la rudeza
de canciones como “White Knuckle Grip” o “Kicking Bird” te eleva a
niveles estratosféricos como si de tu cuerpo se adueñase la
tarantela. Los ritmos cada vez más tribales, Dave Edmund Edwars
escupiendo las palabras, y un grupo acompañándole que es lo que da
el toque definitivo al álbum. Los teclados son geniales. Los
acordeones son geniales. El uso de instrumentos, enraizados en la
mejor tradición, es genial. Las melodías atrapan. Los estribillos
son matadores.
Wovenhand son
una Rara Avis, no solo en estos tiempos, creo que hubiesen salido en
la época que hubiesen salido, serían algo fuera de lo común. Nadie
hace lo que hacen ellos ni con el talante con el que lo hacen. Y
para que quede claro, además lo hacen como auténticos genios cuya
inspiración es ilimitada. Tan solo hay que escuchar estas diez
canciones (versión de Antonio Carlos Jobim, incluida) para sentirte
apabullado con su grandeza.
|