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WOVENHAND

Ten Stones

Sounds Familyre, 2008

 

Texto: Asier R.

 

Lo de Dave Edmund Edwars (cantante de WH) tiene mucho mérito. No solo anda por estos parajes con una temática religiosa que podría incomodar a más de uno, si no que además su música tiene a veces una negrura teñida de una melancolía (salvaje gracias a la propia música, que muchas veces ronda territorios límite) que la podría hacer todavía más incómoda.

 

Como suele ocurrir, aunque no siempre debería, de la teoría a la práctica hay que recorrer mucho trecho. En este caso ese camino a recorrer se compone, en lugar de baldosas amarillas, de una discografía y una personalidad que es muy poco común.

 

Sin duda cuando escucho a Wovenhand, me da lo mismo ese aire cenizo que desprenden sus canciones (no todas por supuesto), la religión se transforma en espiritualidad y la voz de Dave Edmund Edwars te atrapa. Esto es así. Independientemente de ser una de esas voces con carisma y personales, lo realmente preponderante en ella es el magnetismo y se puede decir que en este disco anda sobrado de las tres cualidades.

 

Puestos a pensar, esto no es algo que haya cambiado con respecto a otros discos, esa voz lleva ahí desde la época en que 16 Horsepower campaban a sus anchas por el mundo musical. Lo que fue el grupo fundamental del hermético cantante ha servido de base a su actual proyecto. Y eso es normal porque coincidieron en el tiempo. Por eso, al pasar del misticismo y el sonido envolvente de su anterior disco Mosaic a la rudeza de este Ten Stones me ha hecho recordar vagamente a su anterior grupo en la actitud fiera de acometer o tratar algunas canciones.

 

Todas las características de anteriores discos de Wovenhand están ahí. La épica dramática, impregnada con los aullidos (se deja llevar por las sensaciones como un lobo en los riscos de algún lugar solitario). Los sonidos fronterizos flotan junto a campanillas y teclados sonando cada vez más enigmáticos (¿cómo continuará la canción, a dónde nos llevará?).

 

Tan solo hay que escuchar “Kingdom of Ice”, oyendo a Dave arengar como un poseso, para darte cuenta del pulso y la tensión que tienen cada una de las diez canciones (experimento final aparte).

 

Pero algo ha cambiado, todas las características, todo el talento y esas canciones han alcanzado un nivel que supera lo anteriormente escuchado. No sé de quién será la culpa pero la rudeza de canciones como “White Knuckle Grip” o “Kicking Bird” te eleva a niveles estratosféricos como si de tu cuerpo se adueñase la tarantela. Los ritmos cada vez más tribales, Dave Edmund Edwars escupiendo las palabras, y un grupo acompañándole que es lo que da el toque definitivo al álbum. Los teclados son geniales. Los acordeones son geniales. El uso de instrumentos, enraizados en la mejor tradición, es genial. Las melodías atrapan. Los estribillos son matadores.

 

Wovenhand son una Rara Avis, no solo en estos tiempos, creo que hubiesen salido en la época que hubiesen salido, serían algo fuera de lo común. Nadie hace lo que hacen ellos ni con el talante con el que lo hacen. Y para que quede claro, además lo hacen como auténticos genios cuya inspiración es ilimitada. Tan solo hay que escuchar estas diez canciones (versión de Antonio Carlos Jobim, incluida) para sentirte apabullado con su grandeza.

 

 

 

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