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Texto:
Ruth Bautista
Fotos:
Juan Aguado
La noche del 24 de febrero es una noche que recordaremos
durante mucho tiempo, como la noche imposible. A primeros de mes,
echando un vistazo rápido a nuestra agenda, nos dimos cuenta de la
incongruencia de la programación, que en un mismo día traía a
Madrid a Arab Strab, Supagroup, We are Scientists y sobre todo a
Death Cab for Cutie y a Yann Tiersen. Es mas, a primeros de mes,
tanto los Death Cab, como Yann Tiersen ya habían agotado las
entradas para sus conciertos. A mediados de mes, el concierto de
Yann Tiersen se trasladó a La Riviera, lo que posibilitó la compra
de entradas para muchos, aunque solo durante unos días, ya que no
tardó mucho en agotar de nuevo.
Y así, con la sensación de querer estar en dos sitios al
mismo tiempo, nos presentamos a la cita con el Sr. Tiersen, quien ya
en el 2002 nos dejó impresionados en una actuación simplemente
espectacular en la sala Aqualung, en su gira presentación del disco
C’etait Ici. Qué poco preveíamos que el hecho de haberle
visto con anterioridad iba a jugar en nuestra contra.
Ya en un primer momento del concierto Tiersen nos presentó
a su banda, que en esta ocasión constaba solo de otras cuatro
personas: guitarra, bajo, batería y teclados, bien distinta de los
ocho componentes que le acompañaron en el 2002. Y es que esta noche
tocaba otra historia, bien distinta.
Intentando concretar lo que vivimos esta noche en un
supuesto titular, este sería algo así como: la noche en la que
Yann Tiersen dejó su piano en su preciosa casa francesa, agarró una
guitarra e intentó demostrar que era una estrella de rock. Y es
que no sabemos muy bien cual era el objetivo, pero ninguno de los
asistentes encontró en La Riviera al Yann Tiersen que todos
conocíamos y esperábamos, ese que habíamos visto hace cuatro años o
ese que firma sus discos, incluido el último, Les Retrouvailles,
recién publicado y que supuestamente presentaba.
El set se fue desarrollando en una abrumadora presencia de
bajo, guitarra y batería, creando un ambiente eléctrico con una
selección de los temas de su colección más modernos, de los que
realizó versiones en clave de rock progresivo, provocando que muchos
temas sonaran familiares, aunque irreconocibles. Y es que Tiersen
apenas se despegó de sus guitarras, que una tras otra fueron
paseando por el escenario, intercaladas brevemente por el acordeón,
como en “La Veillée”, o un feroz violín, como en “7 pm”, que Tiersen
devoraba con furia en las pocas ocasiones en las que aparecía. Tras
una hora de concierto y tímidamente, hizo su aparición el piano,
colocado medio escondido en la parte trasera del escenario, y con el
que interpretó dos temas encabezados por “La Plage”, del último
álbum. Piano al que ya dábamos por perdido y que después de estos
dos temas fue de nuevo desterrado a la oscuridad del fondo del
escenario, con lo que Tiersen parecía dejar claro que esos diez
minutos eran su única concesión al público y que nada más coartaría
su creatividad y su estado de ánimo, a pesar del silencio sepulcral
que se creó en la sala durante este breve lapso. Y tal y como se
había desarrollado la primera hora, con ese Tiersen poseído por el
espíritu cautivo de Cantat, enredado en sus guitarras eléctricas,
continuó el concierto, hasta llegar a la hora y media, en la que la
banda dio por concluido el set list principal. Por su puesto aún
quedarían los bises, repartidos en dos bloques, que fueron
encabezados por un espectacular solo de violín que enmudeció al
público.
Una pobre alma desgraciada gritó a las dos horas: “Amélie!”,
y provocó una risa generalizada en la sala, pues esa inocente no se
había dado cuenta aún de que Amélie no tocaba esa noche.
Sin embargo, Tiersen recolectó la ovación generalizada del
público, incluso en su noche de enfant terrible, de un
público respetuoso con los deseos de un artista inclasificable e
imposible de encasillar. Solo esperamos que tenga clara una cosa,
con vistas al futuro, y es que mendas guitarreros hay muchos y muy
buenos, pero Yann Tiersen sólo hay uno.
www.yanntiersen.com
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