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Texto:
Ruth Bautista
Fotos:
Juan Aguado
Podemos asegurar, sin miedo a equivocarnos, que el grupo de
gente congregado la noche del 6 de noviembre en la Sala Heineken (a
medio aforo) era una panda de freaks de los buenos (dicho
esto como cumplido). Al menos, ese mérito hay que reconocerles,
ganado a pulso por escuchar a un francés que hace pop del suave, con
sus buenas dosis de chanson, unos toques de electrónica (muy
ligeros) y según algunos algo de jazz que yo no consigo ver por
ningún lado. Así que muy freakies y muy cool todos, sí
señor.
El francés, que por cierto se llama Benjamin Biolay,
presentaba su cuarto trabajo, Trash Yeye, álbum que se
escucha bien en casa, muy tranquilito y sosegado. Menuda sorpresa la
que me llevé esa noche al descubrir que este último trabajo es la
caña si lo comparamos con los anteriores. Comenzó el set y lo
finalizó con dos temas de este Tras Yeye, “Bien Avant” y
“Qu’est ce que ça peut faire?”, pero el resto del concierto estuvo
basado en sus trabajos anteriores y en alguna pequeña sorpresa, como
una versión sampleada del “As time goes by”.
La lógica nos dice que no todo el mundo puede, ni debería,
subirse a un escenario. Para comenzar, deberías disfrutar de la
actuación. Porque si tú no disfrutas, es casi imposible que hagas
disfrutar a los demás. Y el introvertido de Benjamin pareció sufrir
un tanto en la primera mitad del concierto, en la que con cada
cambio de instrumento (piano o guitarra) se desplazaba titubeante
por el escenario como quien busca un rincón en el que esconderse.
Gran parte del público, afortunados ellos, no se dejó influir por
estos factores externos y disfrutaron sin problemas de la música que
habían ido a escuchar.
En mi caso no ayudó su actitud, ni que el ritmo del
concierto fuera tan lento y pausado, ni que lo alargara hasta las
dos horas de duración. Y lo que terminó de rematarme fue que
Benjamin se dedicara a fumar insistentemente durante todo el
concierto. Que cada uno puede hacer lo que quiera, por supuesto,
pero con cada cigarrillo que él se encendía, otros muchos le
imitaban en la platea. Así que casi al final del concierto el
ambiente era tan denso que a algunos nos comenzaron los ataques de
asma. Lo cual, añadido al cansancio mental y físico de la noche, no
me hacía más que desear que la actuación acabara cuanto antes para
poder salir corriendo a respirar el aire fresco y “puro” de la calle
princesa. Un toque de atención a la sala, por cierto, que no es
normal que con un aforo a medio llenar el aire se haga irrespirable.
(Mi recomendación a los responsables de dar un repaso a los sistemas
de ventilación).
Para la próxima, Benjamin, mon ami, te recomiendo
una actuación en un lugar más adecuado, como un teatro, o, si esto
no es posible, colocar unas sillitas para que el público te escuche
relajado, mírate lo del tabaco, no trabajes tanto, que con una
horita u horita y media es suficiente, y por último, no cuentes
conmigo. Cuando se me pase el berrinche, quizás vuelva a escucharte
en casita.
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