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DOLORES O'RIORDAN

Madrid, Sala Heineken,

5 de noviembre de 2007

Texto: Ruth Bautista

Fotos: Juan Aguado

 

He de reconocer que asistí al concierto de Dolores O’Riordan casi por obligación, por acompañar a alguien que al final no pudo ir. Mis expectativas ante el concierto eran nulas. Reconozco no haber escuchado antes del concierto el disco que presentaba, y para ser honesta, tenerla olvidada en mi memoria. Cierto es que sigo escuchando con frecuencia, y me sorprende ahora que lo pienso, el disco No Need To Argue, el que les lanzó a la fama allá por el …, bueno, mejor no acordarse. La última vez que lo escuché fue hace un par de meses. Pero nada del resto de la discografía de The Cranberries, que no ha aguantado con semejante dignidad el paso de los años.

 

Lo primero que me chocó fue llegar a la plaza de los Cubos y ver una cola perfectamente formada y alineada, bordeando rigurosamente los macetones. A destacar dos cosas: el poder de convocatoria y lo civilizado de la audiencia. Que nos hacemos mayores y eso se nota. Civilizados y exigentes, pensaba yo, cuando la gente comenzó a pitar una vez ya dentro del recinto por veinte minutos de retraso en salir al escenario. Que la selección musical de la sala (de Mew a los Jackson Five) era lo suficientemente agradable como para no impacientarse tanto, digo yo.

 

Pero la O’Riordan salió a escena, con los primeros acordes de “Zombie”, y mi muro de pasotismo cayó derribado de golpe, y sin esperarlo mis ojos se llenaron de lágrimas. Suerte estar sola (metafóricamente) y en un lugar oscuro, porque me pasé la canción llorando como una magdalena. Sin explicación alguna más que la emoción y un torrente de sensaciones y recuerdos agolpados en un segundo en la boca del estómago. Para que luego digan algunos que ya todo está visto en esto de la música. Yo mismamente no había visto nunca antes en persona a Dolores y me alegra haberme regalado la experiencia de hacerlo. ¡Qué grande la tía! Qué magnetismo, qué manera de tener a la sala hipnotizada. Cientos de ojos fijos en una sola persona. Daba igual lo que hubiera hecho en la hora y pico que duró su actuación, porque todos hubiéramos recordado haber tocado el cielo.

 

Obviando el hecho de que posee una de las voces más singulares de la música, capaz de llenar de luz la sala en algunos momentos, como si en presencia de un coro eclesial estuviéramos, y de densa oscuridad en otros, como si la misma muerte nos estuviera hablando, su mera presencia física es impactante. Su famélica figura, casi enfermiza, contiene una fuerza de procedencia inexplicable. La mayoría acabamos agotados solo de verla moverse por el escenario. Y no solo por la fuerza que emanaba a raudales de su pequeña figura, sino también por las exuberantes muestras de cariño hacia el público de las primeras filas. Algo tan brutal solo se lo habíamos visto hacer a una embriagada Beth Gibbons tras una actuación a las mil de la madrugada. En el caso de Dolores fue aún más sangrante, pues no ocurrió tras el concierto, sino durante él. Constantemente se dejaba tocar y agarrar por las primeras filas. Sus manos perdidas entre las de la gente. Sorprendente la interpretación de “Ode to my family”, en cuclillas, con la cabeza entre la gente que respondía besándola mientras ella cantaba. Lo cual no hacía sino reforzar ese sentimiento de conexión interior profunda que Dolores había establecido desde el principio con nosotros.

 

No creo que nadie pudiera decir que se aburrió en el concierto, en el que ella alternó temas de su primer álbum en solitario con otros muchos de su etapa como The Cranberries. Desde el “Salvation” de los últimos tiempos al “Linger” de los inicios. Un abuso quizás excesivo de sus temas con los berries, que ella excusaba contándonos con detalle los momentos en los que escribió estas canciones, como justificándose por apropiarse de ellas. Moralinas aparte, un gran concierto con un buen repaso a toda su carrera. Práctico a la par que efectivo.

 

 

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