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Texto:
Ruth Bautista
Fotos:
Juan Aguado
He de reconocer que asistí al concierto de Dolores
O’Riordan casi por obligación, por acompañar a alguien que al final
no pudo ir. Mis expectativas ante el concierto eran nulas. Reconozco
no haber escuchado antes del concierto el disco que presentaba, y
para ser honesta, tenerla olvidada en mi memoria. Cierto es que sigo
escuchando con frecuencia, y me sorprende ahora que lo pienso, el
disco No Need To Argue, el que les lanzó a la fama allá por
el …, bueno, mejor no acordarse. La última vez que lo escuché fue
hace un par de meses. Pero nada del resto de la discografía de The
Cranberries, que no ha aguantado con semejante dignidad el paso de
los años.
Lo primero que me chocó fue llegar a la plaza de los Cubos
y ver una cola perfectamente formada y alineada, bordeando
rigurosamente los macetones. A destacar dos cosas: el poder de
convocatoria y lo civilizado de la audiencia. Que nos hacemos
mayores y eso se nota. Civilizados y exigentes, pensaba yo, cuando
la gente comenzó a pitar una vez ya dentro del recinto por veinte
minutos de retraso en salir al escenario. Que la selección musical
de la sala (de Mew a los Jackson Five) era lo suficientemente
agradable como para no impacientarse tanto, digo yo.
Pero la O’Riordan salió a escena, con los primeros acordes
de “Zombie”, y mi muro de pasotismo cayó derribado de golpe, y sin
esperarlo mis ojos se llenaron de lágrimas. Suerte estar sola
(metafóricamente) y en un lugar oscuro, porque me pasé la canción
llorando como una magdalena. Sin explicación alguna más que la
emoción y un torrente de sensaciones y recuerdos agolpados en un
segundo en la boca del estómago. Para que luego digan algunos que ya
todo está visto en esto de la música. Yo mismamente no había visto
nunca antes en persona a Dolores y me alegra haberme regalado la
experiencia de hacerlo. ¡Qué grande la tía! Qué magnetismo, qué
manera de tener a la sala hipnotizada. Cientos de ojos fijos en una
sola persona. Daba igual lo que hubiera hecho en la hora y pico que
duró su actuación, porque todos hubiéramos recordado haber tocado el
cielo.
Obviando el hecho de que posee una de las voces más
singulares de la música, capaz de llenar de luz la sala en algunos
momentos, como si en presencia de un coro eclesial estuviéramos, y
de densa oscuridad en otros, como si la misma muerte nos estuviera
hablando, su mera presencia física es impactante. Su famélica
figura, casi enfermiza, contiene una fuerza de procedencia
inexplicable. La mayoría acabamos agotados solo de verla moverse por
el escenario. Y no solo por la fuerza que emanaba a raudales de su
pequeña figura, sino también por las exuberantes muestras de cariño
hacia el público de las primeras filas. Algo tan brutal solo se lo
habíamos visto hacer a una embriagada Beth Gibbons tras una
actuación a las mil de la madrugada. En el caso de Dolores fue aún
más sangrante, pues no ocurrió tras el concierto, sino durante él.
Constantemente se dejaba tocar y agarrar por las primeras filas. Sus
manos perdidas entre las de la gente. Sorprendente la interpretación
de “Ode to my family”, en cuclillas, con la cabeza entre la gente
que respondía besándola mientras ella cantaba. Lo cual no hacía sino
reforzar ese sentimiento de conexión interior profunda que Dolores
había establecido desde el principio con nosotros.
No creo que
nadie pudiera decir que se aburrió en el concierto, en el que ella
alternó temas de su primer álbum en solitario con otros muchos de su
etapa como The Cranberries. Desde el “Salvation” de los últimos
tiempos al “Linger” de los inicios. Un abuso quizás excesivo de sus
temas con los berries, que ella excusaba contándonos con
detalle los momentos en los que escribió estas canciones, como
justificándose por apropiarse de ellas. Moralinas aparte, un gran
concierto con un buen repaso a toda su carrera. Práctico a la par
que efectivo.
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