|

J. Tillman

Jesse Sykes and the sweet hereafter
 |
Texto:
Marcos
Ripalda
Fotos:
Ruth Bautista
Pena, pena, penita, pena, ¡ayyyyyyyyyyy! J. Tillman, mezcla
de leñador a lo Will Oldham, alias Bonnie ‘Prince’ Billy, y con un
registro vocal muy similar a Jason Molina o ese otro triste que
lidera South San Gabriel, Will Johnson, ay, con su guitarra como
único amigo, sentado ahí, solito, con poco público y muy disperso,
da un poco de, ya saben, pena, pena, penita, pena (léase esto último
en versión aflamencá), y es que Tillman, que a lo que viene es a
cantar tranquilito y bien, tiene una voz grave preciosa y sus
canciones tienen esa belleza, cómo diría, que sólo los
sangre-horchata podemos captar, a saber: cantautor folkie que
parece que se va se va. Tillman silba tan bien como Andrew Bird pero
con menos glamour, conste, pues parece acabadito de salir de
su cabaña, allá en las montañas, donde nieva y hay fuego en el
hogar, ay. Que el tipo viene a cantar, ya digo, y sólo se descuelga
de su trance asumido antes de entregarnos una última canción, se va
se va, para decirnos que está contento de tocar aquí de nuevo. Y a
mí me gusta este tipo porque siente o parece que siente lo que
canta, que el sofrito es suyo y el venado lo cazó él, rifle en mano,
y digo que lo siente en el sentido más físico posible, ya digo, que
se va se va, y, afortunadamente, no lo hace, para regocijo de
tristes endémicos y algún despistado que, o quiere vestir chapita de
moderno o venía a tomarse una copa y oh, Manolo qué calor, qué
dolor, oh. O sea: un llorón que entra por méritos propios en la
lista de preferidos…
A lo que vamos. Jesse, espigada como un tallo de trigo,
tiene unas manos de hada o de cuento de hadas, largas y finas y
blancas y eso de que se va a romper, cuéntaselo a otro, que Jesse
tiene un directo envidiable y su música te envuelve y es cálida y se
está bien. Toca “The Air In Thin”, de su último trabajo, reseñado
también en este número, y te prende a su solapa con un alfiler. Te
has convertido en mariposa o más bien en oruguita bella, y se
suceden los temas y el grupo está compenetrado y, por qué no, suenan
como en disco, y los coros, qué coros, de ese bajista y ese batería,
tan normales vestidos, qué cosa, que no van de guay-del-paraguay, y
bien podrían, mejoran notablemente el espacio acústico de la sala
Neu, y la noche, que ya sabes que lleva tiempo instalada fuera,
sopla bajito y apaga una dos cincuenta y ocho estrellas y acaba el
concierto. Entonces piensas en lo agradable que sería unir la pena,
penita de Tillman con la pena con lucecitas de Jesse, pero esto no
ocurre pues los cuentos, cuentos son. Colorín colorado.
|