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BRUCE SPRINGSTEEN

Madrid, Santiago Bernabéu,

17 de julio de 2008

 

 

Texto: Ruth Bautista

Fotos: www.brucespringsteen.net

 

Nos hacemos mayores, y se nota. En Bruce Springsteen notamos algunos cambios desde la última vez que le vimos, allá por el 99. Su voz es algo más áspera, su aspecto físico algo menos fornido, pero por encima de todo, el mayor cambio es su actitud en escena. Ya no se pega las carreras brutales sobre el escenario, se mueve más pausado, y ha transformado su desbordante energía que apabullaba al público, en complicidad y cercanía que expresa mediante juegos con los asistentes en las primeras filas. Se deja tocar, sostener, interactúa con ellos y elabora parte del setlist con las peticiones de algunos afortunados, como el que decidió pedirle esa noche el tema “Brilliant Disguise” y Springsteen le regaló un bonito dueto con su señora.

 

A pesar de que la intensidad del concierto haya bajado revoluciones, en cuanto a duración El Boss no defrauda y sigue ofreciendo espectáculos de tres horas que pasan como si fueran una. El set comenzó con “Night” y desde el principio pudimos apreciar que el sonido iba a ser lo peor de la noche, salvable en aquellos temas “más íntimos”, pésimo en aquellos en los que la banda se desplegaba al completo, que obviamente eran la mayoría, y todo sonaba embarullado. El bloque central del concierto estuvo dividido en dos partes de manera algo inconsciente, pues tras un comienzo fuerte en el que sonaron temas como “Radio Nowhere” y “Lonesome Day”, llegó el momento en de “Brilliant Disguise” y a continuación sonó un dramático e íntimo “The River”, con ese toque country que a Springsteen le ha gustado adoptar en los últimos años. Estos dos temas lentos, tan seguidos, bajaron un poco la moral de las tropas, así que fue como haber hecho un descanso demasiado largo para tomar fuerzas. Para despertarnos del letargo llegó “Cover me”, y a partir de entonces comenzamos de nuevo el vuelo hacia el cielo, con “No Surrender”, “Because the night”, “Tunnel of love”, “The Rising” y “Badlands”, con la que cerró apoteósicamente el bloque principal.

 

Por supuesto, el jefe y sus chicos habían de volver al escenario en seguida, entre ellos los más mediáticos, como Steve Van Zant, Max Weinberg, Clarence Clemons y la propia Patti Sciaffa. Los más destacados sin embargo fueron el propio Van Zant y un Nils Lofgren en estado de gracia. La vuelta al escenario se produjo con el tema “Jungleland” a la que siguieron “Seven nights to rock”, “Born to run”, “Bobby Jean” y “Dancing in the dark”, elevando los ánimos del público hasta la última grada. Para finalizar el concierto y enfriar los ánimos Springsteen eligió “American Land”, en tonos celtas, que no caló entre el público. Y después, a modo de regalo final “Twist and shout”. No hace falta decir que todos hubiéramos preferido saltarnos estos dos últimos temas, que le llevaron no menos de veinte minutos, y haber cerrado con un broche más personal. Un tiempo precioso que nos hubiera gustado más aprovechar con temas propios. No fue así, ya era la una de la noche y al día siguiente era día de trabajo, por lo que fue momento de dirigirse de nuevo a casa a soñar con la próxima vez.

 

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