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Texto:
María Luisa Ripalda
Antes de este
concierto, me parecían demasiado tristes. Entré en el Teatro Central
un tanto desconcertada. Eso sí, siempre los reconocía cada vez que
escuchaba el tema
“(That's
How You Sing) Amazing Grace” del compacto que me habían grabado con
música de grupos con estilos similares: slowcore, sadcore, pop
triste, rock en la penumbra y hasta canciones navideñas en clave
mortecina. Una fiesta, vamos. Lo que sí tenía claro es que Low
poseían algo original. Así que, ya digo, al enterarme de que
actuaban en Sevilla, me decidí a ir, a ver cómo eran en directo y
despejar de una vez la incógnita de si me gustaban o no.
Por supuesto,
en el hall del Teatro Central se arremolinaban grupitos de estética
Indie. O sea: personas, en su mayoría, bastante delgadas, con ropa
muy estrecha, desarreglados pero muy arreglados y con esa mirada
característica, y muchas veces miope, de falta de curiosidad; en
fin, todos del mismo planeta tribal.
Ya en la sala,
observo que dos técnicos están preparando el escenario con detalle:
las botellas pequeñas de agua mineral perfectamente alineadas en el
suelo, al lado de los micrófonos e instrumentos. Comprueban que los
instrumentos están afinados, con seriedad. Lo que tomé por técnicos
son los dos varones del grupo, que se lo guisan y se lo comen solos.
Entramos en
materia. Livington, el bajista, camina muy derecho y parece que
tiene buen tipo. Tiene un aire a lo Gerard Depardieu en joven y en
delgado. Me informo luego de que es el tercer bajista que emplea el
dúo (tiene un futuro laboral complicado, me temo). Poco después
aparecen el rubio y nervudo Alan Sparhawk y la sobria y elegante
Mimi Parker. Con la mayor naturalidad y seriedad del mundo comienza
la función. Todo acompaña: escenario minimalista, un público en la
misma sintonía de respeto y formalidad que impone el grupo. Nada de
tonterías: contención y profesionalidad.
Sin perder
nunca la compostura, con una elegancia sencilla, la pareja Sparhawk-Parker
armonizan sus voces, tan distintas, de una manera hermosa y
delicada, como si formaran dos caras de una misma moneda. Este juego
de voces constituye el rasgo esencial del grupo, así como las
melodías cadenciosas, con largos silencios que acentúan el barniz
“religioso” del grupo.
El grupo de
Duluth fue desplegando suavemente gran parte de su repertorio ante
un público que no se quería perder ningún acorde. Sonaron “Breaker”
de su último trabajo Drums And Guns (2007), con su esponjosa
espiritualidad y su final vacío; “Point of Disgust”, tranquila y
acariciante, en la que predomina la voz de ella; “Shame”, con su
lento comienzo y raudales de tristeza; la turbadora “In silence”;
“Two steps”, bella y contenida; “Silver Rider”, que amenizaba los
intervalos entre programas en La Primera y que es ideal para una
película de superhéroes; la forzuda “Monkey”, con sus tambores al
estilo Depeche Mode, y de la que sabemos, intuitivamente, que su
letra es bien triste, cómo no. En fin, una enumeración más extensa
resultaría aburrida.
Lo que
importa. Que me convencieron con su música excepcional, impregnada
de matices espirituales. De hondo calado para quien aún le cale algo
entre especiales de nochevieja y bebidas espirituosas.
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