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Texto:
Asier R.
Fotos:
www.imeldamay.com
Sala llena. El humo sube hasta el techo y las
conversaciones tienen un tono demasiado alto. Pero hay alguien que
va a acabar con esa lacra. Sobre dos maravillosas piernas, está
cerca del pie de micro. La melodía de una suave trompeta, casi
tenue, hace calmar los ánimos aunque el ajetreo continúa. Ni corta
ni perezosa una suave voz, dulce, nos acaricia con una canción,
“Falling In Love With You Again”, y ningún instrumento se rebela. La
guitarra acompaña esa voz aterciopelada. Las voces callan. El
silencio en la sala es total. La sensación es colectiva. La emoción
recorre cada uno de los cuerpos y la canción termina tan suavemente
como comenzó. Pequeño momento de silencio y posterior griterío
atronador.
Sí, eso lo hizo Imelda May. No solo me asombró una
sintonía tan grande con la audiencia, a lo largo de todo el
concierto, sino la confianza de una mujer a la hora de acometer un
repertorio que fue modélico. Podría decir que hacía mucho tiempo que
no veía un concierto tan intenso, pero los ha habido enormes. El de
Imelda May se diferencia de ellos a mi modo de ver en la
sensación de estar viendo a alguien que se podría comer el mundo.
También en la vibración positiva que transmitía la sala con sus
canciones. Algunas se recibían como auténticos clásicos. Para mi, lo
son.
Imelda no es tremendamente espectacular a la hora de
realizar el concierto. No. Tampoco le hace falta, tiene clase a
raudales, como si de Glen Ford se tratara, para ella menos es más.
Su compenetración con la banda es total, lo que hace respirar a la
música libremente, dejándote esa sensación de liberación total, de
improvisación, de felicidad y fiesta que hace tan especial los
conciertos musicales. No hablamos de virtuosos pero si de grandes
músicos y la complicidad está en todos los instrumentos. La
trompeta, el contrabajo, la batería, todos ellos la quieren, la
acompañan por el viaje musical. Y ella les corresponde porque es
pizpireta y sensual. Ríe con ganas. Se emociona con las ovaciones.
Pone morritos. Y no abusa de nada de ello. Lo que digo: NATURAL.
Y sí, aparte de todo eso, su música nos traslada a otra
época. Pero no con nostalgia ni mucho menos. Nos confirma lo que
hemos escuchado y escuchamos en su último álbum Love Tattoo;
que se reviste de clasicismo atacándolo por varios frentes: blues,
el rockabilly más Stray Cats, el jazz de club nocturno y que
lo moderniza con sus letras, actuales y a la vez intemporales. Esto
ayudaba en buena manera el pasado lunes a sumergirte en el mundo tan
especial que rodea a esta mujer, que en lo que en otros puede sonar
desfasado o vacío, con ella resulta ligero, disfrutable y
apetecible. Que sus canciones en directo son como una manzana
tentadora que te invita a morder desde el primer acorde,
enganchándote y volviéndote a tentar y cayendo otra vez incluso con
la penúltima canción de la noche, versión de ¡Soft Cell!, adaptada a
su personalidad, por supuesto, revisitada, mejorada y arrolladora.
Y la sensación final, cuando termina el concierto es, que a
dos metros de tu cara has tenido a lo que podría ser una auténtica
estrella. Que se ha mostrado tan humana emocionándose con la
apabullante reacción del público, como irresistible, con su mirada
firme posándose en todos los rostros de la abarrotada sala Moby Dick.
Imelda May
volverá, a salas más grandes, seguro. Pero el concierto de ayer, es
de los que se graba en el oído y la retina, hasta el último detalle.
Simplemente, grandiosa.
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