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Texto:
Bárbara
Álvarez Plá
La directora Deepa Mehta, una de las más provocativas
personalidades del cine indio, continúa denunciando la situación de
las mujeres en su país natal, cerrando así la trilogía que empezará
con Fuego (1996) y Tierra (1998), y en la que aborda
de forma exhaustiva todos los tabúes culturales de la India
colonial de principios del siglo XX, época en la que Mahatma Gandhi
volvía a su país hablando de revolución social. Su figura está
latente a lo largo de toda la película, y su papel será decisivo al
final de la misma.
Una denuncia a la situación social de la India que se
encontró con importantes problemas para su producción; la directora
fue amenazada de muerte y tras varios atentados, que supusieron
importantes pérdidas económicas se vio obligada a abandonar Varanasi,
ciudad sagrada en la que tenía lugar el rodaje. A pesar de todo
Metha prometió que acabaría su película y el resultado no podía ser
mejor. Agua se erige en un excelente drama humano que refleja a la
perfección la situación político-religiosa del país.
Tras la inesperada muerte de su marido, la jovencísima
Chuyia es obligada a ir a vivir en un “ashram”, lugar en el que la
religión hindú establece que deben ir las viudas para expiar sus
pecados.
Alí tendrá que convivir con otras mujeres de todas las
edades, lo que da ocasión a la directora de presentar un cuadro
complejo en el que se entremezclan todo tipo de sentimientos y
personalidades: dureza, tristeza, alegría, envidia, pero sobre todo
dolor. Un dolor que parte de la aceptación de un destino que no
puede ser de otra forma. La nota de esperanza la pone de forma muy
inteligente, la incipiente revolución de Gandhi, que está presente,
a modo de historia secundaria, durante toda la película, y que al
final tendrá un protagonismo decisivo. La historia de amor entre
Kaliani, otra joven viuda con quién Chuyia establece un fuerte lazo
de amistad y Narayan, un joven idealista seguidor de Gandhi, recién
llegado de Inglaterra, completan esta galería humana tan pulcramente
construida.
“La mitad de la mujer pertenece a su marido, y cuando este
muere la mitad de su esposa ha de morir también”. Con esta
espeluznante afirmación comienza una historia que es contada desde
el interior mismo de sus personajes, y que no dejará impasible al
espectador.
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