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ALTA SOCIEDAD
Una película de
Martha Fiennes
Interpretada por:
Ben Chaplin, Penélope Cruz, Ralph Fiennes, Ian Holm, Rhys Ifans, Damian Lewis, Kristin Scott Thomas.

 

 

 

 

Texto: Bálder Montesinos

 

A raíz del éxito de películas como Vidas cruzadas o American Beauty se ha desarrollado todo un subgénero del drama "de autor" que bien podría llamarse de "Redenciones colectivas". Tomando la forma de la primera y el fondo de la segunda se trata de películas corales, pretenciosas e interesantes, verosímiles o rizando el rizo, donde se van entrecruzando las historias aparentemente autónomas de los infelices protagonistas. Éstos se acaban redimiendo y experimentando una transformación personal, entre otras cosas, cuando se empiezan a dar cuenta de la existencia del prójimo y se dejan enredar en las tramas ajenas. Este estilo quizá alcanzó su cumbre con 21 gramos y Crash, y ya da síntomas de fatiga con Babel, una buena película más estimable por lo puramente fílmico que por su guión.

 

Esta nueva entrega del género no aporta otra novedad que la condición social de los personajes. En esta ocasión asistimos al entorno familiar y social de varios tiburones multimillonarios de las finanzas, la Política, la Justicia, y otras corruptelas lucrativas similares. Ocurre en el ambiguo Reino Unido, laborista-conservador, de la era Blair, pero los tipos retratados son reconocibles en cualquier parte del planeta, más en nuestros días "globalizantes".

 

Se trata de un film atractivo y entretenido, de buena factura y colosal reparto, pero adolece de un exceso injustificado de metraje, que no consigue hacerla pesada pero sí que pierda fuerza en el impacto y la intensidad. La moraleja es tibia y abierta; los autores seguramente quieren ser un día millonarios -como los productores- y no cargan demasiado las tintas por si acaso. Las pretensiones de denuncia social, instantánea de una época o autocrítica nacional quedan desdibujadas y lo que acaba quedando al final de todo es el drama personal de cada uno de los protagonistas. El hecho de que la cámara les persiga violando su intimidad ya les da un interés en sí mismos; el dogma de Rossellini aplicado a gente a la que Rossellini puso menos interés en seguir que a los humildes. Eso sí, pintados todos aquí con más trucos y trampas de los que él mismo utilizaba a su pesar.

 

Las magníficas interpretaciones son el principal imán de las imágenes y en este sentido a la eficiente Penélope Cruz le toca "bailar con la más fea". Su partenaire es el único actor que chirría en el conjunto, una especie de clon del cantante de Duran-Duran -flequillo laqueado y chaqueta de cuero incluidos- que resulta totalmente increíble y risible como asistente social depresivo y kamikaze que se implica al límite. A nuestra compatriota le toca ser además el gancho publicitario cutre para la taquilla, con un strip-tease de barra que tampoco aporta grandes novedades a dicho sub-subgénero. Para rematar sus males personales, le toca lidiar con la única parte del guión que hace aguas por los cuatro costados: una especie de injerto melodramático, caricatura de  Dostoyevski, que no pega ni con cola dentro de un conjunto donde la directora marca distancia con unos personajes básicamente antipáticos al espectador. Cruz y el asistente son los únicos seres pobres y "simpáticos" que aparecen, y la toma de partido hacia ellos roza el ridículo en escenas de énfasis teatral.

 

Un apunte de paranoia cinéfila: la directora rinde su personal homenaje sutil a La naranja mecánica con los decorados de blanco inmaculado y la iluminación, la utilización de las mismas piezas musicales, y con el aspecto de la psiquiatra que es un calco de la madre del protagonista del film de Kubrick. Hoy día parece ser que resulta socorrido recurrir a música clásica en la banda sonora de una película porque abarata costes de producción en pago de cánones por autoría, pero quizá se esté haciendo un daño irreparable al género: se paraliza la creación de nuevas bandas sonoras, y acudiendo a piezas demasiado trilladas da al neófito la errónea impresión de que Beethoven se agota en la 9ª sinfonía -sublime, cómo no- o Rossini no da más de sí que dos magníficas oberturas manidas hasta el hastío. El desconocimiento y apatía generales hacia la "música culta" bien pueden partir de que el Cine y la TV hacen creer que nos hallamos en un terreno acotado de cuatro esquinas que cabe en un CD de "selecciones" de esos que regalan de promoción con el "After Shave". El Mediterráneo no cabe en el lago de Sanabria. Y algo tan sublime como el "Nessun Dorma" de "Turandot" pierde su grandeza si cada dos por tres lo escuchamos en una película de estreno o en un anuncio de colonia.

 

 

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