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BABEL
Una película de Alejandro González Iñárritu

Interpretada por:
Brad Pitt, Adriana Barraza, Cate Blanchett, Gael García Bernal, Koji Yakusho, Rinko Kikuchi.

Texto: Marcos Ripalda

 

Babel no va a dejarte indiferente. Punto uno. Babel, si Hollywood no peca de ceguera nacionalista, se va a llevar algún que otro Oscar importante. Punto dos. Babel es tramposa y busca el filón ya revelado en la muy buena ópera prima de su director, Amores perros. Punto tres. En resumen, Babel es más de lo mismo: un discurso posmoderno, tanto en lo narrativo como en lo estético, que reflexiona sobre la nueva Babel, esa aldea global que ya preconizó McLuhan, y que el lector habitual de la Biblia hallará fascinante. Y también, cómo no, sobre la incomunicación del tú a tú, amén de las diferentes culturas, credos y lenguas. Eso sí, con un envoltorio más prohibitivo y caras conocidas para el gran público. Sí, Brad Pitt sale envejecido, y sigue estando bueno. Y Cate Blanchett está preciosa, perfecta para el papel de madre de tus hijos.

 

El filme entrecruza varias historias y su director, con un cuentagotas, que toma una muestra de acá y otra de maracullá, va enseñando la patita y, así, el espectador, va descubriendo cositas. Uy, Leonor, cariño, qué bien, uy mira, claro, por eso pasó lo de la secuencia decimosegunda. Y tú agradeces la información, qué duda cabe. Porque en el territorio de la  intertextualidad, esto que tanto le gusta a Iñarritu, te mueves como un oso en una chatarrería. Que estás pez, vamos. Y este discurso, a la última, te desborda. Por supuesto, es innegable que la realización es magnífica y su sentido del ritmo más de lo mismo. Nada de estorbos. Dobles y triples lecturas, si se quiere. Y el miedo, ese miedo que se te va introduciendo en el torrente sanguíneo y no puedes echarlo fuera. Gran acierto del filme.

 

Veamos. Todo comienza con un alarde de puntería. Un rifle Winchester en manos de niños marroquíes. Corte. Estados Unidos. Corte. Japón. Corte. Y así vamos entrando en materia. Primero, y esto es marca de la factoría Iñarritu, el lío, o sea, el descoloque. Ay, pero luego te ubicas, tontorrón, que esto no es arte y ensayo ni lo pretende. Y una vez que vamos enlazando las historias, aparece ese miedo del que hablé antes. Porque vas a sentir miedo durante toda la película. Miedo a la realidad, a ese detalle sin importancia o con importancia relativa que transmuta en catástrofe. Ya saben: una mariposa mueve un ala en Estepona y hay un terremoto en Helsinki.

 

La película rompe tópicos para adentrarse en otros. Sabemos que ser musulmán no implica necesariamente ser terrorista. Que ser mejicano no significa cruzar la frontera ilegalmente ni estar borracho y a la gresca todo el santo día. Pero, ¿lo sabemos realmente? Permítame que lo dude, pues, no sin cierta maldad, me atrevería a calificar este filme de “pedagógico”. Porque en la tierra de los cruzados de Bush, de Ayatolás impacientes y bárbaros con chapita democrática o enarbolando banderas como si fueran patrimonio exclusivo de los nietos del régimen, hacen falta películas como ésta, aunque sean tendenciosas, maniqueas y un tanto simplificadoras. Pues siempre será mejor esto que negar la historia. Que de eso Acebes sabe un rato.

 

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