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Texto:
Marcos
Ripalda
Babel
no va a dejarte indiferente. Punto uno. Babel, si Hollywood
no peca de ceguera nacionalista, se va a llevar algún que otro Oscar
importante. Punto dos. Babel es tramposa y busca el filón ya
revelado en la muy buena ópera prima de su director, Amores
perros. Punto tres. En resumen, Babel es más de lo mismo:
un discurso posmoderno, tanto en lo narrativo como en lo estético,
que reflexiona sobre la nueva Babel, esa aldea global que ya
preconizó McLuhan, y que el lector habitual de la Biblia hallará
fascinante. Y también, cómo no, sobre la incomunicación del tú a tú,
amén de las diferentes culturas, credos y lenguas. Eso sí, con un
envoltorio más prohibitivo y caras conocidas para el gran público.
Sí, Brad Pitt sale envejecido, y sigue estando bueno. Y Cate
Blanchett está preciosa, perfecta para el papel de madre de tus
hijos.
El filme
entrecruza varias historias y su director, con un cuentagotas, que
toma una muestra de acá y otra de maracullá, va enseñando la patita
y, así, el espectador, va descubriendo cositas. Uy, Leonor, cariño,
qué bien, uy mira, claro, por eso pasó lo de la secuencia
decimosegunda. Y tú agradeces la información, qué duda cabe. Porque
en el territorio de la intertextualidad, esto que tanto le gusta a
Iñarritu, te mueves como un oso en una chatarrería. Que estás pez,
vamos. Y este discurso, a la última, te desborda. Por supuesto, es
innegable que la realización es magnífica y su sentido del ritmo más
de lo mismo. Nada de estorbos. Dobles y triples lecturas, si se
quiere. Y el miedo, ese miedo que se te va introduciendo en el
torrente sanguíneo y no puedes echarlo fuera. Gran acierto del
filme.
Veamos. Todo
comienza con un alarde de puntería. Un rifle Winchester en manos de
niños marroquíes. Corte. Estados Unidos. Corte. Japón. Corte. Y así
vamos entrando en materia. Primero, y esto es marca de la factoría
Iñarritu, el lío, o sea, el descoloque. Ay, pero luego te ubicas,
tontorrón, que esto no es arte y ensayo ni lo pretende. Y una vez
que vamos enlazando las historias, aparece ese miedo del que hablé
antes. Porque vas a sentir miedo durante toda la película. Miedo a
la realidad, a ese detalle sin importancia o con importancia
relativa que transmuta en catástrofe. Ya saben: una mariposa mueve
un ala en Estepona y hay un terremoto en Helsinki.
La película rompe
tópicos para adentrarse en otros. Sabemos que ser musulmán no
implica necesariamente ser terrorista. Que ser mejicano no significa
cruzar la frontera ilegalmente ni estar borracho y a la gresca todo
el santo día. Pero, ¿lo sabemos realmente? Permítame que lo dude,
pues, no sin cierta maldad, me atrevería a calificar este filme de
“pedagógico”. Porque en la tierra de los cruzados de Bush, de
Ayatolás impacientes y bárbaros con chapita democrática o
enarbolando banderas como si fueran patrimonio exclusivo de los
nietos del régimen, hacen falta películas como ésta, aunque sean
tendenciosas, maniqueas y un tanto simplificadoras. Pues siempre
será mejor esto que negar la historia. Que de eso Acebes sabe un
rato.
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