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Texto: Ruth
Bautista
Brokeback Mountain es la última película de Ang Lee y viene
precedida de gran polémica debido a su temática, ya que se trata de
una historia de amor entre dos hombres, y a estas alturas de la
película este tema aún es capaz de levantar ampollas. Especialmente
en Estados Unidos, donde hay estados en los que está prohibida su
distribución, y en aquellos en los que no lo está, tan solo se
proyecta en cines del circuito gay. Mientras tanto, los críticos se
empeñan en premiarla.
Y es que dejando aparte la controversia, Brokeback Mountain
es un bello drama romántico, realizado en un eficiente estilo
clásico que le está proporcionando el beneplácito de la crítica. Un
estilo clásico que el taiwanés Ang Lee ha venido desarrollando y
mejorando a lo largo de su carrera, en la que ha mostrado un
especial interés en contar historias emocionalmente complicadas,
encorsetadas en una sociedad opresora
que traba las relaciones y la comunicación y que sitúa a sus
individuos al límite. Y Brokeback Mountain es un claro
ejemplo de esta línea en su carrera. Lee recrea
en
la pantalla grandilocuentes imágenes en las que la naturaleza bruta
y desbordante contrasta con la delicada, y en ocasiones quizás
lenta, narrativa que adopta para la historia.
Los cuatro pilares en los que se sustenta la película son el guión,
la fotografía, la dirección y sobre todo la espléndida labor que
realiza el trío protagonista, encabezados por Heath Ledger, quien da
una lección magistral de cómo interpretar los silencios. Junto a él,
Jake Gyllehaal, con un personaje más extrovertido, y la estupenda
Michelle Williams, dan forma, fuerza y carácter a esta complicada
historia.
En definitiva, una de esas pocas películas capaces de complacer a
público y crítica al mismo tiempo.
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