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CAÓTICA ANA
Una película de Julio Medem

Interpretada por:
Manuela Vellés, Charlotte Rampling, Bebe, Asier Newman, Nicolas Cazalé, Raúl Peña, Gerrit Graham, Matthias Habich, Lluís Homar...

 

 

 

 

 

 

Texto: Bálder Montesinos

 

Salir del cine es una experiencia etérea pero casi tangible. Al cruzar la puerta exterior las cosas siguen en el mismo sitio pero al haber atravesado esa autopista dimensional que es una película se aterriza en un lugar nuevo donde el ambiente reflejo transmite impresiones distintas a las de la entrada. Diferentes también a las sentidas saliendo del mismo local en ocasiones anteriores. Se ha pasado a otra región del estado de ánimo que impregna todo de percepciones cambiadas. Es una cualidad deseable del buen arte. Pero hay cineastas (buenos, malos, irregulares…) cuyo universo tan particular y distinto, al margen de su calidad, refuerza mucho esa sensación de retrogusto prolongado y transformación del día. Julio Medem pertenece sin duda a esta especie.

 

Sus creaciones son un alambicado artificio sin vocación de verosimilitud y sí mucha de voluntarioso esteticismo, tácito y explícito. Ver una obra suya supone la aceptación poco natural de una serie de reglas de juego. Uno tiene que asumir que va a soportar un asalto de simbolismos pretenciosos, cursilería fotográfica de anuncio, exotismo turístico kitsch, arquetipos del subconsciente colectivo y una trama rocambolesca y efectista. Ahora bien, estas concesiones impropias en la relación con un verdadero gran artista pueden suponer sin embargo un inmenso placer, incluso embriagador finalmente. Un goce que alimenta al anémico espíritu con endorfinas poéticas. Esto sucedía en grado sumo con su única película redonda Los amantes del círculo polar, y ocurre también a ratos en la irregular Caótica Ana, donde si, por ejemplo, el antepenúltimo punto en una cueva de Arizona causa sonrojo de puro infantil con usos del peor cine fantástico, los dos últimos en Nueva York tienen auténtica garra justo en ese suspense funámbulo de hacer equilibrios sobre el ridículo sin caer en él.

 

Ese es el problema de Julio Medem, que en esta ocasión se multiplica exponencialmente: su falta de fe en la sencillez. La saturación de elegante perfeccionismo visual y su obsesión por resultar constantemente trascendente, memorable y sublime acaba casi ahogando esos atisbos de auténtico romanticismo y emoción que tocan la fibra a ráfagas. El exceso de pomposidad del museo acaba arrebatando brillo a las verdaderas obras que son los cuadros. Le ocurre seguramente como a Lynch o a Kubrick, que cuando han rodado de encargo y mala gana piezas que les arrancaban de sus obsesiones claustrofóbicas es cuando han alcanzado sus más altas cuotas (El hombre elefante, Senderos de Gloria) Pero a Medem nadie le ha hecho aún el favor de rescatarle de sí mismo para sacar el gran autor que sin duda lleva dentro. Los amantes del círculo polar era de puro genial irrepetible, y Julio se va a quemar y nos va a quemar si pretende repetirla. Simplemente tiene que dar un giro copernicano a su talento, y en este sentido me parecía más prometedor el camino de La pelota vasca, ahora abandonado en este nuevo receso.

 

Sin embargo y pese a esos defectos imposibles de obviar, Caótica Ana es un innegable placer para los sentidos. Se disfruta y engancha, con intensidad que no se distrae. Le va a encantar a todos aquellos y aquellas fascinados por esa entidad suprapersonal que es la Mujer en abstracto, cual idea arrancada de su mundo platónico. El “eterno femenino”, que dirían cursis distintos al que escribe esto. La hembra como ese adorable animal de ilimitada fe en su trascendencia. Energía que le da alas para soportar los suplicios que le depara un mundo donde precisamente entroniza a los hombres malos que lo dominan con su amor incondicional de madre y amante. Ésta es una de esas deseables obras que a fuerza de insistir en la falacia de que los humanos somos seres con misión y sentido lo acabará consiguiendo hacer verdad un día.

 

El Kiezlowski de La doble vida de Verónica late lejano y próximo aquí dentro, y como él a Irene Jacob, Medem también vampiriza la cándida belleza de Manuela Vellés. La diferencia con el gran maestro polaco es que aquel sabía que el placer del voyeur de almas requiere una distancia entre la cámara y el ser amado por ella; que la magia no fluye del todo si están siempre demasiado próximos y no hay vacío de alejamiento entrambos.

 

Como pega personal, en ese insistente esteticismo de mira estrecha con actores y actrices jóvenes, radiantes y guapísimos, se persiste en esa idea nociva y dictatorial de que sólo puede existir enamoramiento apasionado y goce onírico del sexo-amor con tipos de apariencia agradable. Muy al contrario, los romances dignos de ser contados en la realidad siempre se dan entre seres de rostros anodinos. Ser guapo es un lastre inhabilitador que aísla; por un lado hace parecer demasiado fácil el ser deseado y querido, y por el otro convierte a la persona en un objeto de las ensoñaciones del resto. Esto no deja de ser cierto ni aunque lo afirme un feo.

 

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