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Texto:
Bálder Montesinos
En los años 60, el conocido demócrata Charlton Heston se
manifestaba en la calle contra la guerra de Vietnam. En los años 90,
el conocido republicano Charlton Heston empuñaba un rifle como
presidente de
la Asociación
Nacional del mismo. Hace trece años Susanne Bier firmaba el
manifiesto Dogma 95. Estos días estrena Cosas que perdimos en el
fuego, producción radicalmente hollywoodiana, de tal modo que
raya en lo paródico.
A los que no tengan el gusto, les contaré que Susanne es
una señora que, quizá por algún trauma infantil no superado -que
desconozco y respeto-, tiene obsesiva fijación en hacernos llorar a
toda costa y como sea, cual vampiro que se alimentase de nuestras
lágrimas. Y con Después de la boda lo conseguía;
fundamentalmente porque era un filme de más que apreciable calidad.
Esto incluso pese a su falta de caridad con el espectador al cual
hurgaba sin pudor para conseguir el anhelado sollozo. En cambio,
esta su última realización apenas produce más aflicción que la de
lamentar ciertos detalles que me gustaría que ella misma pudiese
aclararme. Como qué motivo justifica esa enfática filmación plagada
de primerísimos planos a lo Sergio Leone; por qué escoge una
narración deconstructiva en la primera parte de la película -sin
hacer puñetera falta- para luego renunciar a ella; o qué condenada
necesidad hay de mostrar en flash-backs hechos filmados cuya
existencia ya se conoce por los diálogos (y a los que no se aporta
nada nuevo). Por supuesto, se trata de sucesos dramáticos que, una
vez más, buscan denodadamente la congoja. El guión recuerda en
ocasiones a Ghost y en otras a Pretty woman, lo cual
no es buen síntoma si se buscaba hacer un melodrama de calidad.
Máxime cuando al menos estas dos tenían un ritmo bastante digerible.
Inverosímiles, trama y personajes inciden en el manido y predecible
mensaje cristiano traducible por “to er mundo ej güeno (en er
fondo)” que en esta ocasión suena tan postizo como los apasionantes
telefilmes de los sábados a la hora de comer estilo “No toques a mi
hija”, “Tetrapléjica y cheer-leader” o “Mi lucha contra el SIDA y el
estado de Kentucky”.
Todo este entramado comercial producido por Sam Mendes
(otro que después de American Beauty no levanta cabeza
artísticamente) está pensado y construido a la mayor gloria del
señor Benicio Del Toro; rostro de Brad Pitt hispano y viril, aspecto
e indumentaria de James Dean reciclado, y bastantes tics de este
último y Marlon Brando. Pero a la postre, un señor actor que llena
pantalla y transmite. No como su partenaire, Halle Berry, que
ingenuamente cree que poniéndose aquí menos maquillaje del habitual
ya es una intérprete de carácter. Le dieron un oscar con carga
racista subliminal, como premio a la afroamericana más blanca de la
historia del cine, y esto y empezar a creérselo van de la mano. Está
como un queso de buena; no lo niego aunque no sea mi tipo (bueno… si
me lo suplica aún le hago un “favor”). Pero su nula capacidad de
contagio emocional es el mayor lastre con que topamos para remontar
el lento arranque de la historia. Se supone que uno tendría que
salir de la proyección enamorado de su papel, pero lo único que
acierto a pensar es que es una tipa ciertamente gilip... Puestos a
emparejarme lo haría antes con este Benicio mal afeitado, costroso,
y con un cigarrillo en la oreja la mayor parte de la película;
inenarrable infantilismo de puesta en escena para retratar al
personaje. Incluso antes me liaría también con ese David Duchovny,
resucitando en escena al bonachón y difunto John Ritter hasta en el
peinado. Representa aquí una descarada copia crecida del fascinante
niño maduro que era River Phoenix en Cuenta conmigo. Junto
con Alfredo, el coleguita de El bola, el gran amigo que nunca
tuvimos ni tendremos. Lo que uno quiere ser de mayor; el tipo de
persona que nunca dejaría a Gary Cooper Solo ante el peligro,
que te ahogaría con la almohada si te dejasen hecho un vegetal y
luego arrancaría el lavabo del manicomio que tú no pudiste.
Es bueno y
saludable que existan muchos tipos de público, todo tiene su sitio y
habrá mucha gente sensible y bonachona de gusto nada refinado a la
que Cosas que perdimos en el fuego conmueva. Personalmente,
si se “perdiesen en el fuego” los elementos que componen este
tinglado, tan sólo lo lamentaría por la interpretación de Del Toro.
De igual manera y ejerciendo honestidad, el producto lo recomiendo
únicamente a sus fan incondicionales, que aquí tienen oportunidad
como nunca de degustar su lucimiento y caer rendidamente enamorados.
En cuanto al resto de los mortales… ¿qué aconsejarles? Da igual; que
hagan lo que hacen siempre, a saber: pasarse mis consejos por el
forro.
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