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Texto:
Consuelo
Sánchez Condés
Si durante los
diez primeros minutos de la sesión el anhelo de saber más, la
expectativa por el resto de la historia, vence la lucha contra los
movimientos de respingo provocados por el pensamiento de que esas
imágenes pueden -lo están haciendo- anunciar una dureza mayor, el
resto está superado.
La doble vida, la doble moral, que parece cohabitar con
todo, es el hilo conductor de esta película, producida por Guillermo
del Toro (Hellboy) y Alfonso Cuarón (Y Tu Mamá También),
co-producción México-Ecuador. En ella queda reflejado que las
acciones gratuitas, los actos aleatorios y los hechos medidos –tanto
si han sido decididos como si no- pueden desembocar en catástrofes
incontrolables. Exposición de acontecimientos en la que las frases
hechas, como “las apariencias engañan”, “la información es poder”,
“los medios de comunicación manipulan”, etc, saltan en cada escena y
aturullan la mente del espectador. Pero lo mejor, que la certeza de
una realidad presente, de una impotencia frente a esto, hace que nos
preocupemos; nos hace “pensar” en algo más. Querer intervenir.
Leonor Watling (en el personaje de Marisa), John Leguizamo
(como del famoso periodista Manolo Bonilla) y José María Yazpik
(cámara del equipo) trabajan con una buena interpretación, y aunque
destacan las de los dos más conocidos, el actor mexicano les
acompaña formando así un papel tríptico perfecto. Los tres forman
parte del programa que se emite en Miami, “Una Hora con la Verdad”,
y están investigando en un pueblo de Ecuador el asesinato en serie
de más de cien niños.
El antagonista será Damián Alcázar, que interpreta a
Vinicio Cepeda, vendedor de Biblias –qué simbólico-, encarcelado
tras un infortunado accidente, y cuyas declaraciones, entre gestos
ambiguos, llevan al periodista estrella, Manolo Bonilla, a sentir
que su intervención será esencial, para lo que necesitará del apoyo
de sus compañeros; y los tres se verán obligados a desafiar a las
autoridades locales, a cuyo frente se halla el detective Bolívar
Rojas, interpretado por Camilo Luzuriaga, director de cine
ecuatoriano en la vida real.
Aunque la narración sigue un guión plano, estructurado sin
saltos en el tiempo, sí está bastante enriquecido con imágenes
explicativas, cambios de escenario –destaca la barriada sobre
puentes en la que vive la familia de Vinicio, un emplazamiento real
en Babahoyo, que hubo que reforzar para que soportasen el peso de
los equipos de la grabación-, y original incluso en los cambios
bruscos de idioma de John Leguizamo.
Tras casi dos horas de filme, parece que no han
transcurrido tantos minutos, ya que la historia ha ido evolucionando
poco a poco, sin perder el hilo, y si bien construida, mejor
interpretada. Para concluir, un desenlace cargado de impotencia,
tácitamente explícito.
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