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EL BAÑO DEL PAPA
Una película de
Enrique Fernández y César Charlone
Interpretada por:
César Troncoso, Virginia Méndez, Virginia Ruiz, Mario Silva…

 

 

 

 

 

 

 

 

Texto: Bálder Montesinos

 

“¡¡Que viene el Papa!!” Y el crío de nueve años que era un servidor en 1982 se dejó arrastrar por la marea de histeria colectiva. También quería verle. Sabe Dios qué narices puede buscar un chaval de esa edad en un anciano polaco leyendo un sermón con voz cansina… pero lo buscaba. Quizá se me aparecía como una nueva cabalgata de Reyes Magos adelantada, o el atractivo de una vaga promesa de vida futura en el Cielo cuando la de aquí ya se me antojaba pura caquita. El caso es que acudí con algunos familiares y conocidos a la misa-concentración que hizo en el Paseo de la Castellana. Faltaba aire para respirar, no veía nada de nada salvo el culo del señor de adelante (era -y soy- bajito), y durante la comunión sufrimos varias avalanchas que hicieron que tembláramos los nenes que habían llevado allí las mamás con peligro de nuestras vidas. Aquel beatísimo señor, sin un ápice de caridad cristiana, alargó sus palabras huecas y manidas durante horas interminables, a modo de purgatorio para niños inquietos. Me defraudó encontrar idéntica ramplonería que en el cura de mi parroquia, sólo que con una parafernalia de masas vociferantes ondeando banderas nacionales (algunas preconstitucionales). Ese fue mi único “contacto” con un Papa… y a buen seguro, el último (toco madera).

 

Hay que quitarse el sombrero y reconocer que esto del Santo Padre es el mayor misterio y logro del Marketing mundial. A saber: cómo moviliza millones de personas de toda clase, edad y condición un señor con aspecto tan venerable como senil (eso el anterior; del aspecto del actual mejor guardo silencio). Rodeado de aún menos fotogénicos cardenales canos de gafas metálicas (condiciones sine qua-non de su especie) transparentando soberbia en los gestos. Que repite en cada lugar el mismo discurso ornamentado, retórico y algo ñoño que a estas alturas no se perdona a ningún político (recuérdense Rajoy y “su niña”). Mensaje que no aguanta más de un asalto al sentido común, ni más de dos a cualquier ética que tome al ser humano como referente en vez de quimeras delirantes. Un jefe de Estado que se proclama voz de Dios en la Tierra; algo que no osó siquiera Luís XIV en todo su absolutismo (Carlos Jesús sí; fiuu, fiuuu). Opinando desde las relaciones prematrimoniales a la manipulación genética, pasando por la homosexualidad y las drogas; temas que, por lo visto, debe conocer a fondo desde su rica experiencia (!).

Lo cierto es que el asunto funciona, y si no, no hay más que echar un vistazo a las arcas de la Banca Vaticana. Que Cristo, aparte de carpintero debía de tener, según parece, vocación para la especulación y las finanzas lucrativas.

 

Por contra, los creyentes me merecen consideración y hasta cariño. Igual que los pobres que votan a las derechas, los pobres que votan socialista, o los violados analmente que encima pagan la vaselina. Igual que Boff, Ellacuría o Cámara, pese a que no acierto a compartir su masoquista fe en un Dios humanizado que consiente tal estado del planeta (esto y adorar a Lucifer se me antoja igual cosa).

 

El ambiente viajero-papal y todo lo que le rodea (desde una óptica distinta y rica) es descrito perfectamente en El baño del Papa. La excusa es la visita de Juan Pablo II a Melo en 1988; sórdida ciudad de Uruguay perdida en la pampa fronteriza con Brasil. Pero bordar el retrato de dicha idiosincrasia no es el centro de la trama. Sino manifestar indisimulado afecto admirativo por millones de humildes puteados que sobreviven otro día más pese a su inocencia. En particular los que formaron el paisaje sentimental de la infancia del codirector, Enrique Fernández.

 

Impecable filme neorrealista, cumple todas las condiciones para satisfacer a los que sentimos devoción por el cine de De Sica; trinidad del verdadero cristianismo junto con Rossellini y Kieslowski (el primero la luz; el segundo la sombra; el tercero el misterio). Como el maestro Don Vittorio, los directores Fernández y Charlone se centran en la parte luminosa; repartiendo a iguales dosis humor y ternura, compasión y respeto, durante un guión ameno y bien trabajado. La pega que se puede hacer, si es que se le quiere poner pegas a algo que no lo merece desde su humildad, es que sesenta años después de El ladrón de bicicletas no se hagan las modificaciones justas para mantener vivo un gran género, pero a la vez refrescándolo dándonos sensación de que se descubren y abren nuevas vías que lo amplían. En vez de eso, quizá con honesta falta de pretenciosidad que les honra, se limitan a asumir cánones y territorios recorridos para contar con admirable oficio una historia interesante, conmovedora, divertida, y que obliga a empatizar al más indiferente. La única aportación nueva, cerca del final, sobra (aunque no empaña), y es ese desfile de postales propias de un cursi anuncio de ONG. Fernández deja vía libre al director de fotografía Charlone, y no debería haberlo hecho. Ego te absolvo.

 

El mayor mérito sin embargo, y el mayor valor de esta película, que agrada bastante más de lo que se espera de ella, es la faceta de dirección de actores. Se logra integrar a los dos principales, provenientes del teatro de Montevideo, con ciudadanos reales de los suburbios de Melo. El resultado es tal, que uno no sabe nunca quién es el actor y quién el ciudadano corriente. Mención especial al protagonista César Troncoso (Beto); intérprete sensacional en personaje inolvidable. Inexcusable en cualquier futura antología neorrealista que se haga. Lerdo. Adorable.

 

PD: No deberíamos rasgarnos las vestiduras porque las películas latinoamericanas se subtitularan para ser comprensibles en el resto de países de habla hispana. Ni un ama de casa de Tijuana ni un albañil de Málaga tienen por qué conocer ni entender la jerga y acento del norte de Uruguay. Lástima perderse el 20 % de cada diálogo.

 

 

Derechos Reservados Octubre 2005 © www.plataforma21.com e-mail: contacto@plataforma21.com