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Texto:
Bálder Montesinos
“¡¡Que viene el Papa!!” Y el crío de nueve años que era un
servidor en 1982 se dejó arrastrar por la marea de histeria
colectiva. También quería verle. Sabe Dios qué narices puede buscar
un chaval de esa edad en un anciano polaco leyendo un sermón con voz
cansina… pero lo buscaba. Quizá se me aparecía como una nueva
cabalgata de Reyes Magos adelantada, o el atractivo de una vaga
promesa de vida futura en el Cielo cuando la de aquí ya se me
antojaba pura caquita. El caso es que acudí con algunos familiares y
conocidos a la misa-concentración que hizo en el Paseo de
la Castellana. Faltaba aire para respirar, no veía nada de nada salvo el culo del
señor de adelante (era -y soy- bajito), y durante la comunión
sufrimos varias avalanchas que hicieron que tembláramos los nenes
que habían llevado allí las mamás con peligro de nuestras vidas.
Aquel
beatísimo señor, sin un ápice de caridad cristiana, alargó sus
palabras huecas y manidas durante horas interminables, a modo de
purgatorio para niños inquietos. Me defraudó encontrar idéntica
ramplonería que en el cura de mi parroquia, sólo que con una
parafernalia de masas vociferantes ondeando banderas nacionales
(algunas preconstitucionales). Ese fue mi único “contacto” con un
Papa… y a buen seguro, el último (toco madera).
Hay que quitarse el sombrero y reconocer que esto del Santo
Padre es el mayor misterio y logro del Marketing mundial. A saber:
cómo moviliza millones de personas de toda clase, edad y condición
un señor con aspecto tan venerable como senil (eso el anterior; del
aspecto del actual mejor guardo silencio). Rodeado de aún menos
fotogénicos cardenales canos de gafas metálicas (condiciones sine
qua-non de su especie) transparentando soberbia en los gestos. Que
repite en cada lugar el mismo discurso ornamentado, retórico y algo
ñoño que a estas alturas no se perdona a ningún político
(recuérdense Rajoy y “su niña”). Mensaje que no aguanta más de un
asalto al sentido común, ni más de dos a cualquier ética que tome al
ser humano como referente en vez de quimeras delirantes. Un jefe de
Estado que se proclama voz de Dios en
la Tierra; algo
que no osó siquiera Luís XIV en todo su absolutismo (Carlos Jesús
sí; fiuu, fiuuu). Opinando desde las relaciones prematrimoniales a
la manipulación genética, pasando por la homosexualidad y las
drogas; temas que, por lo visto, debe conocer a fondo desde su rica
experiencia (!).
Lo cierto es que el asunto funciona, y si no, no hay más
que echar un vistazo a las arcas de
la Banca
Vaticana. Que Cristo, aparte de carpintero debía de tener, según
parece, vocación para la especulación y las finanzas lucrativas.
Por contra, los creyentes me merecen consideración y hasta
cariño. Igual que los pobres que votan a las derechas, los pobres
que votan socialista, o los violados analmente que encima pagan la
vaselina. Igual que Boff, Ellacuría o Cámara, pese a que no acierto
a compartir su masoquista fe en un Dios humanizado que consiente tal
estado del planeta (esto y adorar a Lucifer se me antoja igual
cosa).
El ambiente viajero-papal y todo lo que le rodea (desde una
óptica distinta y rica) es descrito perfectamente en El baño del
Papa. La excusa es la visita de Juan Pablo II a Melo en 1988;
sórdida ciudad de Uruguay perdida en la pampa fronteriza con Brasil.
Pero bordar el retrato de dicha idiosincrasia no es el centro de la
trama. Sino manifestar indisimulado afecto admirativo por millones
de humildes puteados que sobreviven otro día más pese a su
inocencia. En particular los que formaron el paisaje sentimental de
la infancia del codirector, Enrique Fernández.
Impecable filme neorrealista, cumple todas las condiciones
para satisfacer a los que sentimos devoción por el cine de De Sica;
trinidad del verdadero cristianismo junto con Rossellini y
Kieslowski (el primero la luz; el segundo la sombra; el tercero el
misterio). Como el maestro Don Vittorio, los directores Fernández y
Charlone se centran en la parte luminosa; repartiendo a iguales
dosis humor y ternura, compasión y respeto, durante un guión ameno y
bien trabajado. La pega que se puede hacer, si es que se le quiere
poner pegas a algo que no lo merece desde su humildad, es que
sesenta años después de El ladrón de bicicletas no se hagan
las modificaciones justas para mantener vivo un gran género, pero a
la vez refrescándolo dándonos sensación de que se descubren y abren
nuevas vías que lo amplían. En vez de eso, quizá con honesta falta
de pretenciosidad que les honra, se limitan a asumir cánones y
territorios recorridos para contar con admirable oficio una historia
interesante, conmovedora, divertida, y que obliga a empatizar al más
indiferente. La única aportación nueva, cerca del final, sobra
(aunque no empaña), y es ese desfile de postales propias de un cursi
anuncio de ONG. Fernández deja vía libre al director de fotografía
Charlone, y no debería haberlo hecho. Ego te absolvo.
El mayor mérito sin embargo, y el mayor valor de esta
película, que agrada bastante más de lo que se espera de ella, es la
faceta de dirección de actores. Se logra integrar a los dos
principales, provenientes del teatro de Montevideo, con ciudadanos
reales de los suburbios de Melo. El resultado es tal, que uno no
sabe nunca quién es el actor y quién el ciudadano corriente. Mención
especial al protagonista César Troncoso (Beto); intérprete
sensacional en personaje inolvidable. Inexcusable en cualquier
futura antología neorrealista que se haga. Lerdo. Adorable.
PD: No
deberíamos rasgarnos las vestiduras porque las películas
latinoamericanas se subtitularan para ser comprensibles en el resto
de países de habla hispana. Ni un ama de casa de Tijuana ni un
albañil de Málaga tienen por qué conocer ni entender la jerga y
acento del norte de Uruguay. Lástima perderse el 20 % de cada
diálogo.
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