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EL CAMINO DE SAN DIEGO
Una película de Carlos Sorín

Interpretada por:
Ignacio Benítez, Carlos Wagner La Bella, Paola Rotela, Silvina Fontelles, Miguel González Coman, José Armonico.

 

 

Texto: Jesús Vicente Moreno Moreno

 

Carlos Sorín es un director de cine peculiar y extraordinario. Acostumbrado a trabajar con actores no profesionales y a la grabación líneas de sus películas, es sin duda creador de un estilo único y preciso.

 

Grandes planos generales y ritmo pausado sirven de marco a las historias de perdedores de la argentina contemporánea que nada tienen que ver con el acento porteño y el dulce de leche.

 

Realizador de películas redondas como Historias mínimas o Bombón, el perro y ganador de varios premios en San Sebastián (es un asiduo del certamen), su filmografía esta localizada en casi su totalidad en el sur de Argentina que se extiende hasta la Patagonia.

 

El camino de San Diego muestra la pasión de un país y el estado de excepción por la salud de un ídolo, el Diego. El mitificado futbolista se nos muestra en modo de falso documental, pero con algunas imágenes reales del momento, ante una recaída más en su afición a la cocaína y, de un tiempo a esta parte, al Don Perignon, que le  llevo hacia un sobrepeso alarmante por el que peligró su salud.

 

La película traza el recorrido tras la admiración de un pobre lugareño de la zona argentina de Misiones (una de las zona mas abandonadas del país) hacia la clínica donde se encuentra el astro del fútbol. Un viaje de miles de kilómetros en camiones y autobuses cargando a sus espaldas con una raíz de boj que misteriosamente tiene la forma de Maradona.

 

Quizás la menos completa de sus cuatro películas, pero no por ello la menos interesante, ya que el conflicto sociológico que evoca la pasión desmedida de un pueblo por un tipo que lleva veinte años sin trabajar y que es contraejemplo de cualquier cosa, justifican los casi cien minutos del film.

 

Una cinta hecha de fogonazos, de personajes que se interpretan a si mismos en la mejor actuación de su vida, de risas y de miserias trufadas de vida y de juventud; con uno de esos finales de Sorín que te alegran el día pese al infierno que rodean. Para enamorados de Argentina.

 

 

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