|
Texto: Jesús Vicente Moreno Moreno
Carlos Sorín es un director de cine peculiar y
extraordinario. Acostumbrado a trabajar con actores no profesionales
y a la grabación líneas de sus películas, es sin duda creador de un
estilo único y preciso.
Grandes planos generales y ritmo pausado sirven de marco a
las historias de perdedores de la argentina contemporánea que nada
tienen que ver con el acento porteño y el dulce de leche.
Realizador de películas redondas como Historias mínimas
o Bombón, el perro y ganador de varios premios en San
Sebastián (es un asiduo del certamen), su filmografía esta
localizada en casi su totalidad en el sur de Argentina que se
extiende hasta la Patagonia.
El camino de San
Diego
muestra la pasión de un país y el estado de excepción por la salud
de un ídolo, el Diego. El mitificado futbolista se nos muestra en
modo de falso documental, pero con algunas imágenes reales del
momento, ante una recaída más en su afición a la cocaína y, de un
tiempo a esta parte, al Don Perignon, que le llevo hacia un
sobrepeso alarmante por el que peligró su salud.
La película traza el recorrido tras la admiración de un
pobre lugareño de la zona argentina de Misiones (una de las zona mas
abandonadas del país) hacia la clínica donde se encuentra el astro
del fútbol. Un viaje de miles de kilómetros en camiones y autobuses
cargando a sus espaldas con una raíz de boj que misteriosamente
tiene la forma de Maradona.
Quizás la menos completa de sus cuatro películas, pero no
por ello la menos interesante, ya que el conflicto sociológico que
evoca la pasión desmedida de un pueblo por un tipo que lleva veinte
años sin trabajar y que es contraejemplo de cualquier cosa,
justifican los casi cien minutos del film.
Una cinta hecha de fogonazos, de personajes que se
interpretan a si mismos en la mejor actuación de su vida, de risas y
de miserias trufadas de vida y de juventud; con uno de esos finales
de Sorín que te alegran el día pese al infierno que rodean. Para
enamorados de Argentina.
|