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Texto: Bálder Montesinos
Un atractivo y encantador francés "continental" solicita un
puesto de farero en una apartada isla bretona para huir de su
misterioso pasado. Allí todos le recibirán hostiles menos la
sensible mujer de su hosco compañero de faro.
Marchando otra de "cuernos" sentimentales. El asunto tiene
arraigo ya desde la epopeya galesa de Arturo, Ginebra y Lancelot. No
destripo nada; en El extraño no nos sorprenden ni las
pretendidas sorpresas. Con un argumento de este estilo, tan tópico
de la literatura y el cine románticos (y del western) llegaba antes
David Lean y te hacía La hija de Ryan, o ahora viene Eastwood
y le sale Los puentes de Madison, o a Weir Único testigo.
Pero, claro, ser un artista en esto de dirigir es algo a la vez muy
sencillo y muy complicado: 1) Amar lo que se cuenta, y 2)
Transmitirlo. No dudo que este Philippe Lioret, en caso de que los
tenga, ame mucho a su esposa, hijos, madre, perro, tortuga......
La que nos ocupa es una película correctita, amena y
agradable, pero únicamente recomendable para los que, como el que
suscribe, son incondicionales del género romántico. Personas que
sólo somos capaces de enamorarnos de un hombre o una mujer cuando un
guionista del sexo cambiado les escribe los diálogos (Como César
Vallejo, digo: Perdonen la tristeza) Aquí no nos vamos a
enamorar de los personajes ni de lo que dicen o expresan, ni tampoco
de unos bucólicos paisajes de "fin de mundo" a los que no se les
saca nada del jugo posible. Pero vamos a entretenernos cien
minutitos con una historia de las que alimentan la nostalgia de ser
deseado con pasión, en unos ambientes que nos alejan de la odiosa
celda de la
rutina.
El tema de la llegada de un extraño a una comunidad cerrada
es recurrentísimo en todo arte relacionado con la narración. Resulta
atractivo e inagotable principalmente por la contraposición de las
dos ópticas enfrentadas:
A) Por un lado, los que reciben. Sociedades casi
endogámicas donde el complejo de inferioridad deviene en hostilidad
cerril hacia el nuevo. Que puede tornarse en lealtad incondicional
si a fuerza de paciencia, lealtad y buenos modos el recién llegado
logra conquistar el corazón de sus antaño antagonistas (el lakota
más burro y receloso es el que llora a gritos cuando el ex yanqui
"Bailando con lobos" tiene que abandonar la tribu). Actitud inicial
prejuiciosa y antipática, pero que no puede extrañar ni ser
reprochada cuando el turismo es un concepto muy reciente, y durante
milenios cuando llegaban extranjeros no comerciantes a tu aldea era
inequívocamente para esclavizarte, matar a tu padre "inservible" y
tener hijos con tu mujer. En España aún sufrimos remanentes de una
aristocracia descendiente de esos harapientos suecos visigodos que
saquearon y desvirtuaron el esplendor dejado a su vez por los
anteriores piratas romanos (causa remota de que en la numerosa prole
nobiliaria afloren como setas niños rubios de ojos garzos). La
Historia de cada lugar es una inacabable sucesión de nuevos
mercenarios del pillaje superpuestos a los anteriores, haciéndoles
buenos en el recuerdo. Por eso, aun hoy día, cuando un occidental
viaja a un país "tercermundista", se explica sin justificarse el que
un porcentaje variable de población le reciba con desconfianza,
cuando no con bombazos o metralla. Mucho turista incauto, sin
comerlo ni beberlo, recoge tempestades de los vientos que otros
siembran (éstos son más "listos" y no se mueven de sus playas
privadas de Barbados).
B) Del otro lado, todavía más interesante es el punto de
vista del forastero que llega. Alguien que sin buscarlo ni merecerlo
tiene que mostrar resignación, constancia en sus mejores cualidades
para ganarse respeto, afecto o confianza de seres que sólo ven en él
un origen. Algo que no se limita exclusivamente al ámbito del
viajero; a veces una minusvalía, una forma de pensar distinta, un
progenitor mal estimado o ser bajito y esmirriado obligan a tener
que estar constantemente demostrando algo extra -que a otros no se
pide- hacia los y las que por su parte no demuestran nada más que
ser obtusos y obtusas, ciegos y ciegas (la innecesaria duplicación
de género es deliberada y personal).
Eso ocurre aquí mismo, en El extraño, donde el
aparente secundario, Philippe Torreton, de rostro vulgar, nada
agradable y mirada esquiva, no capta la atención al principio hasta
que acaba convenciendo, paso a paso y llegando ya al final, de que
es el verdadero protagonista y lo más interesante con diferencia de
todo el conjunto, como personaje y como actor. Toda una lección a
aprender.
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