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EL EXTRAÑO
Una película de
Philippe Lioret
Interpretada por: Sandrine bonnaire, Philippe Torreton, Grégori Derangère, Émilie Dequenne, Anne Cosigny, Martine Sarcey..
.

 

 

 

 

 

 

 

 

Texto: Bálder Montesinos

 

Un atractivo y encantador francés "continental" solicita un puesto de farero en una apartada isla bretona para huir de su misterioso pasado. Allí todos le recibirán hostiles menos la sensible mujer de su hosco compañero de faro.

 

Marchando otra de "cuernos" sentimentales. El asunto tiene arraigo ya desde la epopeya galesa de Arturo, Ginebra y Lancelot. No destripo nada; en El extraño no nos sorprenden ni las pretendidas sorpresas. Con un argumento de este estilo, tan tópico de la literatura y el cine románticos (y del western) llegaba antes David Lean y te hacía La hija de Ryan, o ahora viene Eastwood y le sale Los puentes de Madison, o a Weir Único testigo. Pero, claro, ser un artista en esto de dirigir es algo a la vez muy sencillo y muy complicado: 1) Amar lo que se cuenta, y 2) Transmitirlo. No dudo que este Philippe Lioret, en caso de que los tenga, ame mucho a su esposa, hijos, madre, perro, tortuga......

 

La que nos ocupa es una película correctita, amena y agradable, pero únicamente recomendable para los que, como el que suscribe, son incondicionales del género romántico. Personas que sólo somos capaces de enamorarnos de un hombre o una mujer cuando un guionista del sexo cambiado les escribe los diálogos (Como César Vallejo, digo: Perdonen la tristeza) Aquí no nos vamos a enamorar de los personajes ni de lo que dicen o expresan, ni tampoco de unos bucólicos paisajes de "fin de mundo" a los que no se les saca nada del jugo posible. Pero vamos a entretenernos cien minutitos con una historia de las que alimentan la nostalgia de ser deseado con pasión, en unos ambientes que nos alejan de la odiosa celda de la
rutina.

 

El tema de la llegada de un extraño a una comunidad cerrada es recurrentísimo en todo arte relacionado con la narración. Resulta atractivo e inagotable principalmente por la contraposición de las dos ópticas enfrentadas:

 

A) Por un lado, los que reciben. Sociedades casi endogámicas donde el complejo de inferioridad deviene en hostilidad cerril hacia el nuevo. Que puede tornarse en lealtad incondicional si a fuerza de paciencia, lealtad y buenos modos el recién llegado logra conquistar el corazón de sus antaño antagonistas (el lakota más burro y receloso es el que llora a gritos cuando el ex yanqui "Bailando con lobos" tiene que abandonar la tribu). Actitud inicial prejuiciosa y antipática, pero que no puede extrañar ni ser reprochada cuando el turismo es un concepto muy reciente, y durante milenios cuando llegaban extranjeros no comerciantes a tu aldea era inequívocamente para esclavizarte, matar a tu padre "inservible" y tener hijos con tu mujer. En España aún sufrimos remanentes de una aristocracia descendiente de esos harapientos suecos visigodos que saquearon y desvirtuaron el esplendor dejado a su vez por los anteriores piratas romanos (causa remota de que en la numerosa prole nobiliaria afloren como setas niños rubios de ojos garzos). La Historia de cada lugar es una inacabable sucesión de nuevos mercenarios del pillaje superpuestos a los anteriores, haciéndoles buenos en el recuerdo. Por eso, aun hoy día, cuando un occidental viaja a un país "tercermundista", se explica sin justificarse el que un porcentaje variable de población le reciba con desconfianza, cuando no con bombazos o metralla. Mucho turista incauto, sin comerlo ni beberlo, recoge tempestades de los vientos que otros siembran (éstos son más "listos" y no se mueven de sus playas privadas de Barbados).

 

B) Del otro lado, todavía más interesante es el punto de vista del forastero que llega. Alguien que sin buscarlo ni merecerlo tiene que mostrar resignación, constancia en sus mejores cualidades para ganarse respeto, afecto o confianza de seres que sólo ven en él un origen. Algo que no se limita exclusivamente al ámbito del viajero; a veces una minusvalía, una forma de pensar distinta, un progenitor mal estimado o ser bajito y esmirriado obligan a tener que estar constantemente demostrando algo extra -que a otros no se pide- hacia los y las que por su parte no demuestran nada más que ser obtusos y obtusas, ciegos y ciegas (la innecesaria duplicación de género es deliberada y personal).

 

Eso ocurre aquí mismo, en El extraño, donde el aparente secundario, Philippe Torreton, de rostro vulgar, nada agradable y mirada esquiva, no capta la atención al principio hasta que acaba convenciendo, paso a paso y llegando ya al final, de que es el verdadero protagonista y lo más interesante con diferencia de todo el conjunto, como personaje y como actor. Toda una lección a aprender.

 

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