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Texto:
Bálder Montesinos
¿La belleza está en las cosas esperando la mirada del poeta
que las descubra? ¿O es la propia luz del artista la que empapa con
su visión todo lo que se le pone por delante? Sucede que seres
excepcionales se enamoran a veces de paisajes con apariencia nada
excepcional, de esos que no imantan precisamente a las masas de
turistas. Le ocurrió a Machado con Soria; a David Lean le costó
enemistarse con todo el equipo de rodaje y los productores de
Lawrence de Arabia que no podían entender su romance kamikaze
con el desierto de Wadi Rum; y algo parecido le ocurrió a Kurosawa
en Siberia oriental filmando Dersu Uzala. Estos alocados
flechazos les deparan más satisfacciones y seguridad que esa
incertidumbre con insoportable aroma humano que son los demás. Y al
resto, frutos en forma de obras que propician un goce no traicionado
revisitándolas una y otra vez, prueba que tampoco suele superar un
mamífero bípedo de la especie homínida.
Ignoro si Iván Vyrypaev es un ser de excepción y eso en
todo caso esto será confirmado o desmentido por el tiempo. Pero de
lo que no cabe duda es que él también ha perdido un poco la cabeza
por la estepa del sur de Rusia, indiscutible protagonista de
Euphoria; retratada incluso en las arrugas y rostro recio y
epatante del actor principal. Región sin vocación de seducción,
donde la vida es dura y áspera hasta extremos de sumergir al
individuo en animalidad tácita y la sobria (y no tan sobria)
convivencia con lo brutal. Y consigue una película de gran lirismo
visual que va a encantar a los que buscan estética en sus días y va
a desesperar a los que ansían mensajes explícitos encerrados en una
trama. No es que Euphoria no tenga mensaje, pero éste
no es tan obvio ni se encierra en los hechos, sino en la manera de
ser contados. Su “tesis” se anuncia ya en el simbólico y onírico
prólogo.
La película habla de esas pasiones biológicas a las que no
podemos dar nombre, orden ni forma cuando gobiernan nuestro rumbo
arrastrándonos contra el instinto de supervivencia personal. Esto a
todos, sin necesidad de ser campesinos semianalfabetos en medio de
la Nada. Sólo los necios llaman Amor al egoísta atavismo salvaje de
sentir febril deseo por alguien. Manzana del pecado original y
fuente principal de esclavitud y penalidades para los hijos de Adán
y Eva. Pero nada de eso lo exime de ser susceptible de hermosura
cuando los ojos de un poeta se posan en ello. Esta historia, lenta
pero no larga, podrá aburrir a muchos; a mí no, y no soy
precisamente fan del cine que cuenta en 74 minutos lo que podía
hacerse en un corto. Desde luego no defraudará a los que aman los
placeres relacionados con la vista. Su peor defecto es una banda
sonora repetitiva y sempiterna de cuerdas densas al estilo Nyman y
acordeones rusos a gran volumen, que a veces puede resultar emotiva
y acompañante, y otras, casi insoportable y sobrante.
Vyrypaev pone el acento en la incapacidad de unos seres
para controlar o saber qué les ocurre, aunque ello no les persuada
de jugárselo todo por esa fuerza. Lo hace en un festival erudito de
encuadres que no se ruborizan haciendo guiños explícitos a grandes
clásicos occidentales como Centauros del desierto o La
noche del cazador. Ahora bien, la escena clímax del desenlace de
la trama, que narra algo que estamos hartos de ver miles de veces en
cientos de filmes, es puro cine soviético, “eisensteiniano”, en lo
mejor de la expresión: está contado con una originalidad, sencillez
y potencia como pocas veces se ha narrado en la pantalla.
Expresionismo minimalista magistral.
Y aunque sea del mismo modo con que nos hipnotiza con los
trayectos por la estepa, a refilones y de pasada, como el que no
quiere que veamos mucho lo que él quiere ver, se borda también el
acercamiento a esa incontrolable y temible energía telúrica que se
desata cuando un hombre, y sobre todo una mujer, siente pasión
sexual-emocional por alguien. Mayor pasión casi siempre cuanto más
bárbaro, simple, estúpido o impresentable es el objeto de sus
desvelos; y matemáticamente, mayor sufrimiento. ¿Sonó esto misógino?
Es la pataleta inmoral de quien ya no despierta estos instintos y
quisiera ver encenagada a una hembra en tal locura por su causa.
Euphoria
es
la historia de amor jamás contada entre todos aquellos anónimos
ancestros a lo largo de los siglos, que con sus ciegos instintos son
el origen de nuestro cuerpo. Anatomía pensante que hoy se debate en
mitad de un camino incierto preguntándose qué puñeta hace ahí. Aquí
tenemos una respuesta al qué somos, de dónde venimos y a lo poco
lejos que llegaremos como no aprendamos a ir más allá de la energía
sexual como sentido a nuestra vida. Firmado: Un obseso. |