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EUPHORIA
Una película de
Iván Vyrypaev
Interpretada por:
Polina Agureyeva, Maksim Ushakov, Mikhail Okunev, Yaroslavna Serova…

 

 

 

 

 

 

Texto: Bálder Montesinos

 

¿La belleza está en las cosas esperando la mirada del poeta que las descubra? ¿O es la propia luz del artista la que empapa con su visión todo lo que se le pone por delante? Sucede que seres excepcionales se enamoran a veces de paisajes con apariencia nada excepcional, de esos que no imantan precisamente a las masas de turistas. Le ocurrió a Machado con Soria; a David Lean le costó enemistarse con todo el equipo de rodaje y los productores de Lawrence de Arabia que no podían entender su romance kamikaze con el desierto de Wadi Rum; y algo parecido le ocurrió a Kurosawa en Siberia oriental filmando Dersu Uzala. Estos alocados flechazos les deparan más satisfacciones y seguridad que esa incertidumbre con insoportable aroma humano que son los demás. Y al resto, frutos en forma de obras que propician un goce no traicionado revisitándolas una y otra vez, prueba que tampoco suele superar un mamífero bípedo de la especie homínida.

 

Ignoro si Iván Vyrypaev es un ser de excepción y eso en todo caso esto será confirmado o desmentido por el tiempo. Pero de lo que no cabe duda es que él también ha perdido un poco la cabeza por la estepa del sur de Rusia, indiscutible protagonista de Euphoria; retratada incluso en las arrugas y rostro recio y epatante del actor principal. Región sin vocación de seducción, donde la vida es dura y áspera hasta extremos de sumergir al individuo en animalidad tácita y la sobria (y no tan sobria) convivencia con lo brutal. Y consigue una película de gran lirismo visual que va a encantar a los que buscan estética en sus días y va a desesperar a los que ansían mensajes explícitos encerrados en una trama. No es que Euphoria no tenga mensaje, pero éste no es tan obvio ni se encierra en los hechos, sino en la manera de ser contados. Su “tesis” se anuncia ya en el simbólico y onírico prólogo.

 

La película habla de esas pasiones biológicas a las que no podemos dar nombre, orden ni forma cuando gobiernan nuestro rumbo arrastrándonos contra el instinto de supervivencia personal. Esto a todos, sin necesidad de ser campesinos semianalfabetos en medio de la Nada. Sólo los necios llaman Amor al egoísta atavismo salvaje de sentir febril deseo por alguien. Manzana del pecado original y fuente principal de esclavitud y penalidades para los hijos de Adán y Eva. Pero nada de eso lo exime de ser susceptible de hermosura cuando los ojos de un poeta se posan en ello. Esta historia, lenta pero no larga, podrá aburrir a muchos; a mí no, y no soy precisamente fan del cine que cuenta en 74 minutos lo que podía hacerse en un corto. Desde luego no defraudará a los que aman los placeres relacionados con la vista. Su peor defecto es una banda sonora repetitiva y sempiterna de cuerdas densas al estilo Nyman y acordeones rusos a gran volumen, que a veces puede resultar emotiva y acompañante, y otras, casi insoportable y sobrante.

 

Vyrypaev pone el acento en la incapacidad de unos seres para controlar o saber qué les ocurre, aunque ello no les persuada de jugárselo todo por esa fuerza. Lo hace en un festival erudito de encuadres que no se ruborizan haciendo guiños explícitos a grandes clásicos occidentales como Centauros del desierto o La noche del cazador. Ahora bien, la escena clímax del desenlace de la trama, que narra algo que estamos hartos de ver miles de veces en cientos de filmes, es puro cine soviético, “eisensteiniano”, en lo mejor de la expresión: está contado con una originalidad, sencillez y potencia como pocas veces se ha narrado en la pantalla. Expresionismo minimalista magistral.

 

Y aunque sea del mismo modo con que nos hipnotiza con los trayectos por la estepa, a refilones y de pasada, como el que no quiere que veamos mucho lo que él quiere ver, se borda también el acercamiento a esa incontrolable y temible energía telúrica que se desata cuando un hombre, y sobre todo una mujer, siente pasión sexual-emocional por alguien. Mayor pasión casi siempre cuanto más bárbaro, simple, estúpido o impresentable es el objeto de sus desvelos; y matemáticamente, mayor sufrimiento. ¿Sonó esto misógino? Es la pataleta inmoral de quien ya no despierta estos instintos y quisiera ver encenagada a una hembra en tal locura por su causa.

 

Euphoria es la historia de amor jamás contada entre todos aquellos anónimos ancestros a lo largo de los siglos, que con sus ciegos instintos son el origen de nuestro cuerpo. Anatomía pensante que hoy se debate en mitad de un camino incierto preguntándose qué puñeta hace ahí. Aquí tenemos una respuesta al qué somos, de dónde venimos y a lo poco lejos que llegaremos como no aprendamos a ir más allá de la energía sexual como sentido a nuestra vida. Firmado: Un obseso.

 

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