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Texto:
Consuelo
Sánchez Condés
O al director
se lo olvidó indicarle a Brad Pitt que en el guión se describía a
Jesse James como un hombre de 34 años que padecía una enfermedad
(párpados granulosos) que le hacía pestañear continuamente o el
actor que demostró en Kalifornia (dirigida
por Dominic Sena)
un engrose tanto físico como de interpretación
bastante sorprendente, está perdiendo méritos tras su acomodada vida
de familia inusual. Porque mantiene la mirada en cada escena, sin
parpadear, mostrando el brillo de la astucia pícara que requiere el
personaje, con esos destellos de juventud truncada, pero sin
respetar la realidad de la historia.
Pero no es
éste el personaje principal. La leyenda siempre ha narrado la vida
del asaltador, como el héroe. Los bandoleros, a pesar de tener poca
ética y menos escrúpulos, siempre resaltan, o son resaltados, como
ejemplos de valor y coraje a seguir. Porque el valor es una cualidad
inmejorable, que somos animales, y es la mejor destreza para
sobrevivir en la vorágine de la vida. Y en contadas
ocasiones, ocurre que alguien tiene la idea de centrarse en el
antihéroe, y a veces da resultado cinematográfico. Un buen ejemplo
sería
El Gran Lebowski (Coen).
Aquí, el
cobarde Robert Ford (vemos una evolución del personaje desde que
comienza sus andanzas con Jesse James, cuando aún le llaman Bob Ford,
hasta que se ha forjado como antípoda del criminal, pero de la mano
del crímen) es el antihéroe. El valor en oposición a la cobardía, o
viceversa.
Es una elegía
a la traición. La amistad corrompida y transformada en enemistad. La
admiración en repulsa. La confianza traicionada.
A veces, la película oscila entre un personaje y
otro, obligándonos a discernir entre qué historia estamos viendo, si
la del valiente o la del cobarde. Con una fotografía excelente (Roger
Deakins), el hilo se ralentiza, y se enreda tratando de hacernos
entender que no puede contarse la historia de uno sin la del otro. Y
tras la muerte de Jesse, ya sólo quedan los remordimientos o el
orgullo inidentificable, de Robert Ford humillado, cuyas escenas
debían haber ocupado más parte de la cinta, y haber acabado con
tanto protagonismo de los ojos sobreabiertos de Brad Pitt.
Casey Affleck,
(que en ocasiones nos puede recordar a un joven Hugh Grant, en su
mejor y más admirado papel en
Remando al
Viento, cuando todavía parecía prometer una carrera
más independiente y menos comercial, con mejores papeles y con pocos
escándalos de revista amarilla), se afianza como actor prometedor de
gestos expresivos y mirada inocente y suplicante, a pesar de su paso
fugaz y poco aplaudido por
Ocean's Twelve
y la secuela.
De manera que
destacamos la fotografía y la interpretación del cobarde que se
empieza a enfrentar con valor a proyectos cada vez más complicados y
de menos consumo.
En resumen,
muchos tiros para tan poco ruido.
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